miércoles, 1 de julio de 2009

Materia y energía: part two

Jejeje...hmmm por donde iba?? Me encantan estos desvaríos a horas intempestivas!!
A los lectores pertinaces que no sucumbieron a la lectura de la primera parte, mil gracias!! y...toda mi compasión, jaja, d verdad. Qué aguante chicos! ;)
Bueno, el caso es q yo andaba pensando, después de escribir aquella rayada brutal, que lo PEOR q te puede pasar en la vida es ser un Ion; buscando continuamente un complemento, siempre excitado, sin lograr nunca la estabilidad, salidísimo, sin principios...Entre tanta desidia y pereza universal, un Ion es un pringadillo, un desgraciao, un pardillo desperdigado de temperamento loco...Qué sufrimiento constante!
Por fortuna no hay muchos iones permanentes, no? Kiero decir, que esta situación solo se produce en pequeñas dosis en la naturaleza, o bien porque algún desalmado la lleva a cabo en un laboratorio en "condiciones ideales"...
Solo hay algunos elementos que consiguen vivir tranquilos y estables consigo mismos, con el secreto de su octeto completado en el último nivel de energía hasta el punto de rozar el olvido y quedar relegados del resto, en la última columna del sistema periódico. Se llaman Helio, Neon, Argon, Kripton, Xenon y Radón...no se trata de superhéroes del manga!! se les conoce cmo "gases nobles", al menos en su barrio.
Curioso.

Materia y energía

Materia y Energía (Lo que hasta ahora dice la ciencia)
Pensaréis q estoy muy aburrida por escribir estas rayadas brutales pero leed, malditos, y veréis cuanta razón hay en esto...
Si lo pensais, no aguantan mucho tiempo los átomos flotando solitarios en el universo. Tienden a enlazarse con otro átomo en función de su hambre, o bien su exceso de electrones en su último nivel de energía, para volverse así estables y salir de una vez del caos existencial que padecen. Es entonces, ya enlazados, cuando constituyen materia en cualquiera de sus tres estados (sólido cmo el cristal, líquido cmo el agua, gaseoso y leve como el oxígeno del aire...diatómico por supuesto!).
En algunos casos los enlaces son a prueba de bomba y perduran eternos, porque es tanta la energía necesaria para romperlos que al universo le da pereza...en otros casos se trata de enlaces inestables que desaparecen en una fracción de segundo, pero esta desintegración comporta siempre la formación de otros nuevos (iguales o distintos) ya que más inestable aún es la soledad de la deriva en el espacio. Al menos para algunos átomos.
Ah, una cosa importante. Los átomos no se enlazan por amor; el amor sería la excusa perfecta para explicar conceptos como la afinidad electrónica (que nada tiene que ver con la simpatía), la electronegatividad, y en definitiva, la inmensa vaguería de desear la situación de menor energía posible.
Un Ion es un átomo cargado, excitado, desesperado por encontrar un complemento o un igual.
Paradógicamente un ión es el resultado de dar energía a un átomo...
Hay átomos para todo, variables en su forma de ser, comportamiento vital y estado de ánimo. Los hay que, desesperados a causa de un vacío terrible, arrebatan electrones a otro que se los oferta, y forman con él un compuesto iónico como el NaCl o sal común, la más común de las sales.
Los hay menos perversos y mas generosos, que comparten los electrones q tienen sin querer renunciar a ellos y llegando, de común acuerdo, a la situacion de menor energía.
Los hay que se agrupan y obnubilan en una nube electrónica, sin poseer ningun electrón tanto como todos a la vez , formando un enlace metálico que lejos de ser una orgía descabalada tengo entendido que es bastante fuerte...ellos sabrán lo que hacen!! ¿será que la unión hace la fuerza?
Sigue in part two...no os despisteis, esto no acaba aki!!!

Para Luis.

Hoy es una tarde tonta y bella, de esas en las que lo grande parece pequeño y lo pequeño parece polvo. Se adormecen los ojos frente a la ventana y todo lo externo (aves, paisaje, cielo, universo...) parecen extrañas, irreales, dulcemente lejanas. Lo único que brilla hoy, y sólo si rebusco mucho dentro de mí, es la luz verde de tus ojos. Luz verdosa y marrón, siempre bella, siempre limpia, siempre sonriendo dentro de mi alma. Te echo de menos y al recordarte se atenúa un poco el pellizco moral, el dolorcillo adormecido; se frena la galopada del miedo desbocado aunque oculto, miedo sin cara que sobrecoge sin ser visto...porque no se le ve, pero se le siente. El miedo hace que esta tarde el corazón parezca una plomada. Echo de menos la lluvia, la luz verde de tus ojos, la dulzura de tu sonrisa, que salga la luna. Que me abraces.

Galería de arte

Como en una galería de emociones, a través de intrincados laverintos cerebrales, pasillos de neurona adormecida y bombillas a punto de fundirse, sigamos el itinerario de todo lo que fue, es y será. Un camino simple pero estrecho, a veces intransitable, otras veces luminoso...otras solamente dolorido y roto. Pero todo lo roto es susceptible de recomponerse en la fábrica de arreglos de este museo (arreglos, chapuzas... qué más da) pues como todos sabemos el sol sale cada día y siempre es temprano para quedarnos a oscuras...y aunque no se pueda volver a vivir un sueño, no existe lluvia o dolor que dure eternamente.
Pero sin más dilación miremos a la derecha de mi mano, todo aquello que hice. Las imprudencias, los errores, etc...nunca son demasiados. Los fracasos anticipados no, esos se encuentran a la izquierda, junto a todo aquello que no hice; con todo lo que no me atreví a vivir y perdí por ello de antemano. A mi derecha hay un sinfín de rostros que estoy cada mañana descubriendo, miles de sonrisas, palabras de amor, palabras que son caricias. Miedos que superar, ángeles que rezan sin que haya un dios, batallas perdidas, batallas ganadas. Algunos escudos rotos que no valen para nada se apilan en la pared; son del material más duro, pero todos se rompieron, y así es como tenía que ocurrir. A mi derecha hay una rosa blanca que he regalado enamorada, un timbre al que llamé, un trampolín que me sirvió para saltar y llegar alto aunque luego caí... Rubén, fue hermoso amarte. Hay esfuerzos y batas verdes colgadas en la pared con exámenes fallidos, otros aprobados...ninguno falseado ¡podría haberos hecho caso con las chuletas, Hector, Kurco, Tita, Lobo! Hay un viaje estupendo, muchos viajes, muchas postales de castillos. Hay abrazos y besos, unos bien y otros mal dados. Ah, y también a la derecha estás tú, Mateo. Mateo, Boomer y otra gente.
A mi izquierda queda, como dije antes, todo aquello que no hice. De ello no kiero hablar porque solo con pensarlo me arrepiento, y es algo que siempre quedará con una interrogación en el olvido.
Al frente me queda una vía por andar, gracias a dios interminable de momento. Algunos amores inconclusos y miles de situaciones que no sé cómo seguirán...lo que sé seguro es que todo cambia. La certeza del cambio me tranquiliza. Adivino siluetas y momentos dorados en el horizonte siempre desconocido, siempre sorprendente. Nuevos y antiguos placeres, rostros, ojos...siempre bellos. Nuevas muertes también, pero eso no me asusta pues nadie nace para morir, de manera que no temo a la muerte. Detrás de cada muerte hay vida, siempre...salvo tras la muerte definitiva, y esa espero que tarde mucho en llegar. Saber que no hay regreso--aunque normalmente no pienso en ello-- me hace amar cada segundo del tiempo que voy gastando.
Y por último, a mi espalda queda mi pasado. Bonitas joyas expuestas en pedestales de color, tanto como algún cubo de basura interestelar a la deriva. Hay cosas del pasado que hoy siempre me acompañan, como la dulzura de las manos de Elena, los tatuajes de Ginel, la sonrisa de Kike, la primera vez que fui al cine con mis padres. Relegado en un rincón vive todavía el gran gigante oscuro, ya mermado y empequeñecido pero a veces aún hambriento, furioso, con fuego en los ojos de azabache. A mis espaldas hay más de un diamante rayado a mi pesar; sitios hacia donde es mejor no mirar y no volver, y también hay lugares que siempre añoraré y volveré a soñar con nostalgia.

Para Iordan, mi paciente en la clínica S. Vicente en 2005

Iordan ha sido paciente mío en la clínica de neurorehabilitación cerebral S. Vicente, a causa de un accidente de tráfico tras el cual quedó en "cautiverio", es decir, en un estado comatoso en el que no podía responder, ni moverse, pero sí sentir. Lo sé porque recuerdo que con la música lloraba.
El primer día que le vi llorar, le escribí una carta que no creo que nunca llegue a leer.

29 diciembre 2005

En tus brazos y detrás de tus ojos, duerme esa alma que no puedo ver ni tocar pero puedo sentir. He imaginado tantas veces cómo será tu sonrisa que me parece haberla visto...en realidad te he imaginado haciendo tantas cosas...en el bar, con tus amigos, bromeando. Te he imaginado estudiando, haciendo pellas, inquieto por la mirada de alguna chica...te imaginé como un ligón, ¿sabes? desde siempre. Tienes ropa de juerguista colgada en el armario. Resulta rechinante verte tan dormido cuando imaginé tantas cosas...
Muchas veces pensé que yo podía hacer algo por traerte. Qué estupidez y que exceso de ...de...jodida vanidad! nadie es dios...y tu alma dormida me confirma una vez más que los dioses son un invento del superhombre. El superHombre es el hombre que se jacta trankilo sin caer en la fragilidad de su vida...somos todos nosotros en multitud de ocasiones.
Eras joven, tenías bonitos ojos, rasgos delicados, manos hermosas. Eras ´frágil, como cualquier máquina humana. Eras tú.
Ahora el alma está dormida, encerrada en esa mákina. Aún kiero creer que, contra todo lo imposible, despertarás algún día. Y me pregunto ¿por qué? ¿De dónde viene este afán mío por traerte al mundo de los vivos?
Me siento morir al pensar que no bebiste suficiente de la copa de la vida pero...¡Ay, niño! no puedo ayudarte.
No puedo ayudarte.
Mis manos son grandes, mis brazos son fuertes, mi mákina es perfecta o por lo menos funciona...
Pero no puedo ayudarte.
Y hoy, ¿sabes? pienso que tiré la toalla antes de tiempo. No lo puedo evitar.
Siento ahora el absurdo deseo de compartir risas contigo en algún lugar imposible donde habiten las almas, en algún sueño.

El parque.

http://www.youtube.com/watch?v=HYDK6SNdLHY
Tal vez a nadie le interese lo que voy a contaros hoy. Pero esta noche no podía dormir.
Todos tenemos por dentro heridas que nunca cierran, y cuando estamos solos a horas intempestivas la voz de esa herida se hace más clara, los costurones se abren, y las estafilococias varias que no supimos resolver en su momento muerden y duelen en lo más profundo. Y es que da igual las veces que uno se arrepienta, las veces que uno quiera cambiar el tiempo; los pensamientos y las palabras rara vez arreglan descosidos. Ni en uno mismo, ni en otros.
Y es que por dentro todos somos niños. La infancia es un lugar extraño del cual se vuelve más o menos trastocado y, si se consigue sobrevivir a ella, regresamos a casa como adultos. Pero el adulto es en esencia un niño que supuestamente ha aprendido a ser "mayor". Algunos nos pasamos toda la vida aprendiéndolo, y si llegamos a los 80 años seguiremos tratando de aprender...aunque por otro lado, nunca nos olvidaremos demasiado del susurro del miedo, del quiero a gritos, del no puedo-no quiero-no sé, de los bombones, de los abrazos.
En esa vieja casa de niños es donde estoy esta noche. Y en esa casa del dulce amar, del no poder, hay una herida terrible en la que hoy doy vueltas y vueltas...
A veces somos niños que no sabemos lo que hacemos, y hacemos daño a otros. No hay excusa para ciertas cosas y lo sé.
No sabes cuántas veces he pensado "ojalá hubiera meditado unos instantes antes de hacer nada, ojalá les hubiera ahorrado a otros el daño que hice y la molestia que causé". Pero eso no es posible, aunque el corazón del niño lo hubiera deseado tanto...tanto...
Hay errores que cuestan caros. Se pueden perder personas amadas y personas por conocer. Se puede perder el trozo de una vida. Hoy no tengo ni siquiera opción de darles las gracias a las personas que perdí, por los buenos momentos que me hicieron pasar hace un par de años, cuando estaba mal por dentro, cuando estaba perdida.
Si contara lo que pasó a alguien que hubiera estado allí, esa persona me diría "¿Te acuerdas de esto ahora? ¿eres idiota o qué?" sin embargo el hecho de que sea hoy cuando escriba no quiere decir que desde el mismo momento en que me equivoqué, no haya dejado de pensarlo. De pensar en mil alternativas para haber hecho "menos" mal. No sabes cuántas veces. No te lo creerías.
Pero en ese momento opté por la ausencia por no querer hacer más daño. Me pareció el mejor camino. No hay palabras para lo que no se puede arreglar.
Pero la ausencia duele.
Por eso a veces me gustaría coger el autobús, y sentarme sola en un banco de ese parque de Majadahonda. Sentarme allí y fumar, contemplar a los que pasean perros, beben y ríen; y que la noche me sorprenda allí, recordando rostros, sin dejarme ver pues no pinto nada en ese lugar, aunque esos momentos sigan siendo míos.
Siento mucho todo lo que pasó. No supe...no pude...no quise...
Lo siento. Pero desde hace mucho tiempo ya no puedo hacer nada.

Para Gildita (Noviembre 2007)

http://www.youtube.com/watch?v=E8K-h8ehwSk

Vamos a imaginar un cielo para los que lo merecen--para casi todos--,vamos a mentirnos, vamos a dejar de ser ateos porque comienza a hacer frío estos días...
Me encuentro débil de espíritu desde que te has marchado, y necesito pensar que fuiste al cielo. No quiero pensar que te han quemado y te has convertido en polvo y nada más...¿somos polvo y nada más? Fuiste mucho más que polvo.
Voy a pensar que hace 4 días se te abrió una puerta dorada, cuyo umbral traspasaste dando saltitos de alegría, dejando atrás ese caminar de viejo elefante cansado. Fuiste corriendo al otro lado porque hacía sol y te esperaba--Oh, sorpresa, preciosa mía-- un buen amigo al que un buen día, hace ya tiempo, dejaste de ver sin saber por qué...pero tú nunca perdiste la esperanza de volver a verlo, no es cierto??
Es un lugar tan hermoso donde estás, que nos echas poco de menos. Te acuerdas con cariño de nosotros mientras juegas sin parar. No hay gente de uniforme (qué poco te gustan los uniformes, verdad?) no hay coches que te puedan atropellar; hay muchísimas viejas pellejonas de esas a las que tanto te gusta ladrarles!! Me gustaría verte haciendo esas cosas maravillosas solo tuyas que hacías cuando estabas aquí, sin saber por qué. Pero si pienso en ese cielo no me importa no verte; no me importa si sé que allí haces todas esas cosas, ya sin dolor y siempre con tu alegría.
Nunca olvidaré tu extraño y enorme corazón de leona.
Mi parte egoísta llora porque has muerto y quiere que vuelvas...
Mi parte racional comprende que estabas enferma y se alivia de que ya no tengas sufrimiento.
La verdad es que nos hemos quedado tan solos sin ti....
Desde aquí quiero hacerte llegar a tu cielo que te querremos siempre. Nunca te olvidaremos, porque nunca te separaremos de nuestros corazones. El corazón no tiene límite ni conoce el tiempo. Tu cielo será nuestro corazón.

Ranita mía

http://www.youtube.com/watch?v=jKxbDHT5WEY
ranita mía
De nuevo se me ha ocurrido una idea peregrina para entretener al tiempo, o al pobre desdichado que pase por aki,,,
Resulta q había una vez, en una charca mugrienta, una ranita gorda que vivía sola y croaba todas las noches a la luna, encima de una hoja partida de nenúfar. Era la princesa y, por supuesto, también la reina del lodo; pero como era charlatana y desprendía mal olor, nadie se acercaba a su península de fango. Y claro, era reina, pero aquel era un reinado muy desértico. Y eso le apenaba, y le creaba cierta negrura en su corazoncito de batracio.
Como se sentía sola, la ranita comenzo a comer mas de la cuenta, y a hablar consigo misma. Poco a poco se olvidó de todo; del monólogo que acababa de mantener hacía cinco minutos, de cuándo comió la última moscarda...olvidó hasta que alguna vez había tenido un nombre. Ella era rana, y siempre había sido solamente eso: Rana.
Pero..............
un día llegó a la charca un hombre, seducido por aquellos cánticos monótonos de relojito cansado.
El hombre se agazapó entre las sombras y observó con cariño al animal, y comenzó a hablarle.
La ranita calló para afinar el oído, extrañada, e intentó distinguir qué era ese sonido extraño y de dónde procedía. Pero nada vió.
"No calles por favor, Ranita" murmuró el hombre con voz de arrullo "sigue cantando tu música bella".
La ranita se mostró desconfiada ante los halagos, pero solo al principio. Después cantó y cantó; primero poquito a poco, luego extasiada, hasta el amanecer. Su corazón temblaba esforzándose en cada croar, para hacerlo realmente bien...¡Ay, dioses que trajeron tan dulces palabras!,,,,hacía tanto tiempo que no la escuchaba nadie...
....y a ella....a ella le gustaba tanto cantar!!
Todas las noches acudía el hombre a ver a su musa, y todas las noches esperaba la rana en su hojita verde, el corazón agitado como un puñado de libélulas nerviosas.
Una noche el hombre le dijo:
"Canta Ranita y cierra los ojos, tengo una sorpresa para ti".
Y la ranita cantó...
En ese momento, el hombre, que deseaba con todas sus fuerzas comerse unas deliciosas ancas de rana, saltó sobre ella y la aprisionó en su enorme puño. Por primera vez se dejó ver, y la rana, asustada, descubrió en los ojos de su amor el fuego del ansia, descubrió que ella era un objeto (la comida).
Por eso le decía lo guapa que estaba, por eso le traía golosinas para comer...
Y a la Ranita se le acabó la voz, porque terminó en una parrilla, la pobre.
Y aquella charca, aquella charca mugrienta se quedó sin reina.

Silver 1

http://www.youtube.com/watch?v=zbQZkqzh9p8
Esta experiencia que voy a contarles es absolutamente real, y a raíz de ella me han surgido algunas dudas que me descolocan, de manera constante, aún a día de hoy. Digo esto porque lo que voy a relatarles ocurrió hace mucho tiempo, cuando yo apenas tenía dieciséis años--ahora tengo treinta y uno-- y el hecho es que, a mi edad actual, continúo estremeciéndome con el recuerdo de aquel dulce tormento.

Pero supongo que antes de entrar en materia debería hablarles un poco de mí. Me llamo Malena, y como ya dije antes, tengo treinta y un años. Vivo en un barrio bastante concurrido de una ciudad que es igual de gris y bulliciosa que cualquier otra, aunque los vecinos se esmeran en colgar geranios de las terrazas, e incluso guirnaldas caseras fabricadas con CDS cuyos destellos desentonan con los edificios y la acera sucia. No obstante, aunque la ciudad sea gris y los que la habitamos seamos “gente”, es hermoso ver cómo uno por uno nos esforzamos para que nuestra casa parezca “nuestro lugar”, el lugar de cada uno. El lugar de cientos de almas y deseos anónimos.

Trabajo como enfermera de planta, en un hospital cuyo nombre prefiero no decir.
Estoy casada pero no tengo hijos; no porque mi marido y yo no queramos, sino porque por lo visto uno de los dos no puede (no sabemos quién de los dos tiene la culpa…) de modo que vivimos los dos solos en amor y compañía, y parece que así seguirá siendo hasta el final…

Me parece bien. De momento me conformo.

Pero sobretodo me gustaría decir--aunque tal vez ya lo habrán notado ustedes--que más que una mujer soy una “cabeza” encima de una mujer; no por ello soy fría (todo lo contrario) pero me paso el día pensando, dando vueltas y más vueltas a las cosas, y si no llego a alguna conclusión sobre algo, me desespero. Dice mi psiquiatra (sí, voy a un psiquiatra, aunque no le cuento ni la mitad de las cosas que pienso) que mi naturaleza obsesiva es mi mayor enemigo, y que a medida que aumente mi autoconocimiento me sentiré más fuerte.

Pero claro, el caso es que cuando ocurrió lo que voy a contarles, descubrí una parte de mí misma que aún hoy no estoy segura de comprender, ni de que tenga que comprenderla, ni de conocerla del todo…

Me da miedo intentar conocer más esa parte de mí. Pero más miedo me da que desaparezca para siempre.

La causa de todo (y la consecuencia) es el placer. El placer y Silver.

Silver es un amigo de mi hermano. Él es la razón de que hoy esté escribiendo esto. Aunque trate de irme por las ramas, desde la primera letra estoy pensando en él; y le echo tanto de menos que me da la sensación de que escribo con sangre…o con lágrimas.

Hace lo menos veinte años que no le veo, aunque sé algunas cosas de él a través de mi hermano, quien nunca se ha enterado de la relación que tuvimos.

Silver y mi hermano son amigos de esos que se pueden llamar “de toda la vida”. Desde que tengo recuerdos se conocen. Tienen la misma edad, treinta y cuatro años, de modo que me llevan tres.

Desde la más tierna infancia recuerdo ver a Silver´--a quien todavía nadie llamaba así--jugando en casa con mi hermano, o en el parque; también recuerdo que siempre me defendía años más tarde, igual que mi hermano, en esos pequeños conflictos que todos tenemos de jovencitos. Recuerdo de hecho uno de esos “pequeños conflictos” que les hará hacerse una idea del tipo de persona que es él, que siempre ha sido parecido pero diferente al resto de humanos que conozco.

Una noche yo salía del cine con unas amigas, era más tarde de lo habitual por lo que apreté el paso cuando me separé de ellas en una encrucijada y traté de no entretenerme de camino a casa. Llevaba un abrigo rosa que parecía como de peluche, abrochado hasta el cuello porque hacía frío. No me gustaba mucho, pero me lo había regalado mi madre y ella se pone triste si no me pongo la ropa que me regala, de modo que aquella noche me lo puse sólo por complacerla.

Yo por aquel entonces andaba muy triste y avergonzada ante el mundo porque, presa de la inocencia, le había escrito mi primera carta de amor a un chico que después de leerla se rió de mí. Y aquella noche, al doblar la esquina justo antes de cruzar el parque que había al lado de mi casa, los vi. A aquel chico de la carta y a sus amigos. Ellos también me vieron y comenzaron a hablar entre ellos y a reírse. Yo me puse muy nerviosa y caminé más rápido, y ellos, detrás de mí. De pronto comenzaron a tirarme cosas (basura, creo recordar) y a insultarme. Me llamaron “puta”, “zorra”, “guarra”, “subnormal”…me mancharon el abrigo de mi madre. Empecé a correr, con el miedo desatado dentro de mí. Me daba terror que me alcanzaran aunque sabía que si eso ocurría no me harían nada, ya que su disfrute radicaba en la humillación y en el insulto. Todo por haber escrito una carta de amor.

En segundos que me parecieron horas llegué al parque que había frente a mi casa, y allí ellos se detuvieron. Dejaron de perseguirme y yo, entre el dolor y el alivio que sentí, me solté a llorar. Me sobrevino un llanto agarrotado de esos que empieza con mil nudos en la garganta sin dejarte respirar. Me sentí estúpida y sola como en mi vida.

Entre las lágrimas no vi a mi hermano y a su grupo de amigos que estaban en el parque, bebiendo a morro los brebajes que preparaban y que denominaban “consumiciones baratas”.
Antes de que pudiera reaccionar, ya tenía a mi hermano sobre mí (ruidoso y alborotador como ha sido siempre) gritándome que qué me había pasado, que estaba hecha un asco, que quién me había hecho llorar así con la promesa de que iba a “arrancarle la cabeza”. Fui incapaz de decirle nada en un primer momento.

Silver, que también estaba allí, se me acerco y me observo, tranquilo. Me pasó sus largos dedos por el pelo para apartármelo de la cara, sucia de basura y lágrimas, y me condujo con suavidad hasta un banco.

“Malena, ven.” me dijo “tranquila”.

Para entonces Silver ya tenía el pelo largo y estaba lleno de pendientes por todas partes (oreja, nariz, labios…), razón por la que me atraía un poco--siempre me ha gustado la gente con pinta rara-- aunque jamás hubiera pensado en tener “algo” con él (era mayor que yo, y ¡amigo de mi hermano!).

Le hice caso y me senté en el banco. Y solo entonces pude relatar, atropelladamente, a toda la tropa de amigos de mi hermano lo que había sucedido. Estaba muerta de vergüenza y jamás lo hubiera contado si no hubiera tenido ahí a mi hermano, histérico perdido, con la cara poniéndosele de todos los colores.

Cuando acabé de contarles lo ocurrido, mi hermano salió corriendo a ver si todavía encontraba a aquellos chicos. Silver me abrazó, y me acompañó a casa. Caminó todo el trayecto pegado a mí sin soltarme. Quise dar alguna explicación porque me sentía terriblemente estúpida, y porque el silencio me resultaba muy angustioso, pero cuando lo intenté él me cortó tajante:

--No me cuentes más sobre ese chico. Sé quién es. No te preocupes, el tiempo lo pone todo en su sitio.

Recuerdo que entramos al portal y que me ayudó a entrar en el ascensor, sólo soltándome para abrir la puerta y dejarme pasar.

Pensé bastante en aquella frase que me dijo. “El tiempo lo pone todo en su sitio”. Era una de esas frases que todo el mundo dice alguna vez pero, viniendo de él, en ese momento, sonó diferente.

Esa noche me acosté sintiéndome mal, pero también profundamente agradecida de poder contar con personas como mi hermano y Silver. Ambos se habían preocupado por mí, aunque de forma muy diferente.

Resultó que mi hermano no encontró a aquellos chicos así que destrozó una papelera furibundo de rabia. Me imagino que lo que hubiera querido era “forrarles a hostias”, como diría él, y la susodicha papelera pagó las consecuencias. Menos mal que no les vio.

Creí que el asunto quedaría ahí, pero, dos días después dejé de ver a Silver en casa, y al preguntarle por él a mi hermano, este me contestó:

--Malena, él me ha dicho que no te lo diga pero…--hizo una pausa para poner en orden sus ideas, pues nunca ha sido muy diplomático--Silver está en el hospital. Su padre le ha dado una paliza que casi lo mata.

Así me lo soltó, sin avisar. Sin paliativos. La sangre se me heló en las venas.

--Pero, ¿qué dices? ¿Por qué?

--¿Recuerdas aquel chico al que escribiste esa carta?--preguntó mi hermano sin esperar respuesta--Pues Silver le hizo una visita el otro día, y lo envió a urgencias. No le importó en absoluto que estuvieran allí sus amigos, que por lo visto huyeron como gallinas. Lo ha dejado hecho un cristo. Pero alguien se lo comentó “de pasada” a su padre…imagínate el resto.

Era un secreto a voces que el padre de Silver bebía y les ponía la mano encima a su mujer y a su hijo. Pero a Silver poco debieron importarle los golpes de su padre, porque supo perfectamente lo que hacía y cuando días más tarde le vi, tan solo enarcó levemente las cejas y aseguró, en tono neutro, no arrepentirse de nada.

Quise hablar con él sobre el tema pero no encontré el momento; aunque sí le di las gracias…porque en definitiva había hecho aquella barbaridad por mí. Pero él respondió quitándole importancia, como era su costumbre. “No tienes nada que agradecerme” había dicho sin más “hice lo que quise”.

Él es diferente por eso. Normalmente hace “lo que quiere”.
Me inspiró miedo lo que hizo. Me hizo sentirme peor que nada en el mundo. Pero al mismo tiempo me di cuenta de cuánto le quería.

Meses después, ese mismo año, la madre de Silver le abandonó.
Y poco tiempo después, su padre murió en un accidente de coche.

Fue entonces cuando Silver vino a vivir a nuestra casa.

A mí me llenó de alegría que viniese, porque en cierta manera se había convertido en otro hermano para mí, y le quería muchísimo. Pero al mismo tiempo me inundaba la vergüenza por que me viera hacer las cosas habituales del día a día, hasta lo más banal, porque ya había comenzado a gustarme mucho (aunque yo misma me resistía a creerlo).

Soñaba despierta con él, deseaba su cuerpo bajo mis sábanas húmedas, y de pronto tenía que acostumbrarme a verle nada más levantarme de la cama después de mis fantasías.

Nuestra casa era más bien pequeña, y era inevitable cruzarme con él en el pasillo de camino al cuarto de baño, maldiciendo porque me había dejado ver con una pinta desastrosa y/o un pijama de ositos con manchas de cola cao.

Lo que debía ser normal, a mí me hacía sentir incómoda.

Además éramos amigos, y con el tiempo a fuerza de vivir juntos, lejos de odiarnos mutuamente, nos unimos más. Pero cuanto más le quería, más le deseaba, y llegué a pensar que mi cuerpo no soportaría la tensión.

Lejos de su padre--ni que decir tiene que no lloró por él, aunque se le enturbiaban los ojos cada vez que alguien le mencionaba a su madre--parecía que Siver se hubiese quitado de encima un enorme peso, parecía haberse vuelto más ligero…más libre, no tan preocupado. Callaba menos, y sonreía más. Ustedes no creerían que ese chico que vivía conmigo fue el mismo que hace escaso tiempo propinó una tremenda paliza a aquel otro, ni de lejos.

Y entonces ocurrió que yo empecé a sufrir. Sufría por varias razones. Por verlo todos los días y tener que callarme y apretar los dientes ocultando lo que sentía --sabiendo que nunca habría un “momento adecuado” para contárselo a nadie--; por verme forzada a aparentar que no pasaba nada a riesgo de perder a Silver si me distanciaba de él, mortificando mi cuerpo cuando trataba de hacer lo contrario (estar cerca, muy cerca de él pero sin poder tocarle); por tener cada vez más ganas de verle y más ganas de perderle de vista…

Hay un tipo de sufrimiento que quita la vida, y otro que la da.

El sufrimiento que te da la vida es el mismo que tiene la mosca, que vuela dando la lata una y otra vez hasta que al final la matan. Lejos de deprimirme o encontrarme apática, yo sentía cada vez más excitación. Estaba bastante agitada, por lo cual trataba de disolver mi energía de una manera loca, sin control, haciendo varias cosas a la vez. Haciendo cosas porque sí.
No solo vivía para Silver, pero la conciencia de que él estaba allí me hacía ser cada día más sensible, más irritable, más hiperactiva.

Me sobrevenían calentones horribles cada vez que me lo encontraba y él no se daba cuenta.

Me sacaba de mis casillas.

Para poder respirar, empecé a volar cerca del fuego…en otros aspectos, fuera de mi casa.

Y me metí en algunos líos.

Empecé a darles problemas a mis padres, cosa que nunca antes había hecho. Mis padres no se recuperaban de un susto cuando comenzaba otro. A mis dieciseis años les di más guerra que en toda mi vida. Porque eran ellos quienes tenían que responder de mí ante mis ausencias injustificadas al colegio (iba un colegio privado al cual siempre me había adaptado hasta ese momento, en el que me parecía que por primera vez veía claro lo horrible que era y cómo deseaba ir al instituto público), ante mis mentiras, ante mis “faltas graves” como contestar mal, pelear con compañeras, etc. Con lo apacible y buena que yo había sido siempre…

Mis padres nunca llegaron a saber cuál era la circunstancia que realmente me trastornaba; ni siquiera mi hermano --el puente común entre Silver y yo--llegó nunca a sospechar nada. Todos notaron un enorme cambio en mí, pero lo atribuyeron a las cosas de siempre…la edad, la adolescencia tardía…etc. Incluso llegaron a pensar que tomaba drogas duras, y me costó casi la vida convencerles de que no era así.

Empecé a escuchar música encerrada en mi cuarto; le mangaba los discos a mi hermano, la música que antes no entendía, la que berreaba a gritos la angustia vital. Sí, música metal, la que le gustaba a mi hermano. Él no daba crédito. Siempre le había llamado “heavy guarro de pacotilla“.

Y yo cada vez más enamorada de Silver, y más incapaz, dando al exterior un mensaje opuesto a la realidad, como suele suceder.

Mi hermano al principio alucinó pero terminó partiéndose de risa ante mi metamorfosis.

Silver me buscaba más que nunca, pero no con ningún tipo de deseo, sino para lanzarse sobre mí y tirarme cojines a la cabeza, “cariñosamente”, por ejemplo. Sonreía curvando su boca hacia la izquierda, como una media luna, y me llamaba “su indisciplinada hermanita menor”.

Efectivamente, gracias a mi comportamiento supuse que me veía como una hermana pequeña que aún necesitaba su ayuda, y no como a una mujer, que era lo que me moría de ganas de gritar a los cuatro vientos que yo era.

Por supuesto mis notas eran un fracaso. Suspendía como nunca. Ese año me quedaron seis asignaturas para septiembre, y tenía en total siete…sólo saqué un notable en música, y no por haber estudiado, sino porque los contenidos no me costaban y además el profesor estaba loco y perdió todos los exámenes, con lo que tuvo que aprobar hasta a María Sarmiento.
La música siempre me había parecido (y hoy también me lo parece) otro idioma; más bien otra forma de decir las cosas. Toco el piano desde que tenía trece años. Aquel año dejé el conservatorio porque decidí que a partir de entonces nadie me diría como tocar ni cómo expresarme.

En mi casa solíamos machacar a los vecinos; no sólo yo, aporreando mi teclado electrónico, sino también mi hermano que, junto con Silver, tenía la ilusión de montar un grupo heavy. Ambos tocaban la guitarra, y, al igual que yo, descargaban en ella sus afectos, sus preocupaciones y en ocasiones su malestar y su rabia. La música era nuestra “otra voz”.
Pero volviendo a lo que les contaba, durante ese año mi vida se transformó en un tren de alta velocidad sin control, a punto de salirse de su vía, volando intensamente.

Mi habitación estaba pared con pared con el cuarto de baño, al final del pasillo, de modo que podía escuchar con claridad a mi hermano tirar de la cadena (lo más antierótico del mundo), tanto como a Silver debajo de la ducha. Normalmente le oía tararear con voz queda debajo del potente chorro de agua. A veces colocaba mi mano sobre el gotelé de la pared y me parecía que podía sentirle…

No hace falta decir que me hacía pajas continuamente, sobretodo en esas ocasiones cuando le oía en la ducha y me lo imaginaba desnudo, y también por la noche, porque me costaba dormir. Me masturbaba con fiebre y con pena, ya ven, dos inseparables amigas, esforzándome al máximo por correrme sin hacer ruido. Era complicado.

Ni que decir tiene que Silver, mientras yo me combustionaba viva, permanecía tranquilo e indeleble, en apariencia ajeno a lo que a mí me ocurría. Alguna vez, cuando se ponía pesado dándome cojinazos o con juegos tontos, creía yo distinguir en sus ojos oscuros un guiño de malicia y cierta complicidad que, aunque solo duraba un segundo, me desconcertaba profundamente.

Pero por norma tal era su indolencia que se paseaba por la casa igual que lo hacía mi hermano…con camisetas medio rotas, de esas que ya ni tienen color y que de puro viejas acaban en el armario de los trapos (no así en mi casa), y en gallumbos o en pijama, como si tal cosa.

Creo que llegué a obsesionarme ya que andaba por mi casa cachonda continuamente; tanto era así que me daba miedo salir de mi habitación por si se me notaba en la cara, por si olía diferente…A veces me despertaba a las tantas después de soñar que hacía el amor con Silver, y me preguntaba con horror “¿Habré gritado en sueños? ¿habré gritado su nombre?” Porque les prometo que llegué a orgasmar dormida, cosa que hasta entonces no creía posible.

Una noche, después de tener un sueño particularmente osado en el que disfrutaba a más no poder comiéndole la polla, me desperté a punto de tener el orgasmo de mi vida. Me quedé unos segundos desconectada del mundo, sentada en la cama, mientras volvía a la realidad. Y por mucho que lo intentara, me pareció imposible enfriarme. Pensé que si me masturbaba en ese momento explotaría de manera tremenda y me dio miedo pensar en no controlar, en montar un escándalo con traca de final de fiestas. Hice lo que pude, pero nada. Respiré hondo, me levante, di algunos paseítos por la habitación pero hasta el roce del pijama me hacía recordar, a base de estremecimientos, la falta que me hacía que mi amigo me echara un buen polvo. Y claro, a mi edad estaba confundida. Me sentía una guarra.

Con estos sentimientos encontrados estaba yo cuando, sexualmente más calmada, resolví ir a la cocina a…a cualquier cosa que me hiciera olvidar momentáneamente mis ganas de sexo. No tenía hambre pero aún así, abrí despacio la puerta de mi cuarto y con mucho sigilo--eran las cuatro de la mañana--salí al pasillo de puntillas.

--Malenita, ¿no puedes dormir?

El susurro a mis espaldas provocó en mí tal sobresalto que se derramó la mitad de agua de la jarra que había cogido de la nevera. Me giré despacio y allí estaba, justo detrás de mí, con aspecto pálido y ojeroso y su melena negra derramada sobre una camiseta con el mensaje “have a nice day, fuK some one”. Sonreía displicente a sabiendas del susto que me había dado.

--Joder Silver, qué silencioso eres. No te había sentido entrar…

Llené un vaso de cristal a duras penas y volví a guardar la jarra en la nevera. Me temblaban las manos.

Me senté en una silla frente a la mesa de la cocina y él me sonrió aún más y me acarició el hombro, de camino al armario de los bollitos. Se preparó ante mi estupor un vaso de leche de 3 metros de profundidad con unas seis o siete madalenas.

--Hambre nocturna--murmuró con gesto lobuno mientras se sentaba frente a mí.--¿Y tú? ¿Por qué no puedes dormir?

Traté de esquivar sus ojos oscuros. El coño me ardía.

--Tengo…tengo un secreto.

--¿Ah sí?--preguntó sin dejar de sonreír.

Desesperada por no controlar la situación, levanté la mirada. Mi cara debía de estar desencajada. Retiré la mano sin querer cuando hizo ademán de tocarme.

--Vaya, parece un secreto serio…--murmuró. Y cambiando la voz, imitando la de mi hermano a la perfección, exclamó--¿qué es? ¿Estás embarazada? ¿Debes dinero? ¿Te han echado del colegio?…¿qué? ¿qué? ¿qué?

Reí sin poder evitarlo.

--¡Calla! Pareces él…

--Antes de que me cuentes tu secreto, Malenita…--hizo un gesto señalando mi camiseta blanca--haz algo con eso, por favor…que uno no es de piedra…

Miré donde señalaba y descubrí con horror que había caído agua sobre la pechera de mi pijama, y que mi pezón izquierdo se recortaba duro como una canica contra la tela de algodón, empapada.

Me apresuré a separar la parte mojada del cuerpo y me tapé con un paño de la cocina.

--Estás monísima así…--bromeó--si quieres yo también me tiro agua encima, para que no te de corte…

--No lo harías--respondí.

--Pues claro que sí…¿quieres que lo haga?--rió--Si tú me lo pides lo haré.

“Cállate ya y fóllame aquí mismo, eso es lo que quiero” pensé a gritos en mi mente.

--Bueno, no hace falta que me cuentes tu secreto, ya sé cuál es.

Impresionada por su suficiencia, le seguí el juego.

--¿Lo sabes? No creo…

--Es evidente, querida hermana postiza…--sonrió.--Tienes seis exámenes en septiembre…y los llevas de culo ¿no es cierto? Normal, son seis. Y también normal que te agobie…A mí me agobiaría.

--Tú nunca te has encontrado en esa situación--contesté. Era verdad. Silver solía ser brillante en el instituto, incluso superó el examen de selectividad con un siete.

--No.--reflexionó.--gracias a dios, nunca. ¿Ese era el secreto entonces?

--Sí--mentí.

--No había que ser un lince…--comentó.

Nos quedamos un rato en silencio, roto tan solo por el crepitar de los envoltorios de las madalenas al ser retirados.

Yo le miraba comer, cada vez más tensa, cada vez más caliente. Desee ser un animal para lanzarme sobre él sin tener que dar explicaciones. El olor dulce de la leche con madalenas mezclado con su piel me estaba mareando. Mi pantaloncito de algodón hacia aguas contra el mimbre de la silla, donde sin darme cuenta estaba empezando a clavarme.

--Bueno, no te preocupes--dijo Silver despacio--Aún te queda tiempo.

Se levantó a mirar el calendario que tenemos pegado en la puerta de la nevera. El pantalón de chándal desgastado le marcaba los músculos duros de sus alongados muslos y su culo. Dibujó despacio una raya imaginaria sobre el calendario.

--Tienes tres semanas…--reflexionó--Tres semanas para seis exámenes…

Se quedó pensativo un momento y después volvió a sentarse en la silla.

--Yo puedo echarte una mano, si quieres.

--Gracias, Sil, pero no. Ya es muy tarde…

Me horrorizaba la idea, no hace falta que lo diga.

--No, no--insistió--Yo puedo ayudarte. Te quedó la química, ¿verdad?

Asentí con la cabeza. No solo me había quedado, sino que la odiaba. Pensaba que era cerebralmente incapaz de entenderla.

--Estupendo. Te explicaré lo que quieras. ¿Qué más? ¿Física? ¿Dibujo?…Bueno, te ayudaré en lo que pueda. Anda, déjame hacerlo. No está todo perdido, ya verás.

Al final me convenció; y yo no tenía ninguna gana, pero fue más que nada por no contrariarle. No quería parecer una desagradecida.

Cuando le dije que sí puso cara de felicidad y me arrastró hacia sí (yo ya me había levantado, dispuesta a irme) abrazándome. Yo perdí el equilibro y caí sentada sobre sus rodillas, para mi desgracia. Estaba muy mojada y pensé que él lo notaría sin remedio. Pero en lugar de ayudarme a ponerme en pie de nuevo, me aprisionó más fuerte entre sus brazos sin dejarme escapar, y comenzó a morderme como loco en la mejilla, la oreja, el cuello… Me hacía daño, cosquillas, y por supuesto me estaba poniendo a cien…Cuanto más luchaba yo por zafarme, más me apretaba él contra su cuerpo. Tuve la vaga impresión--o tal vez la fantasía--de notar su rabo endureciéndose un poco contra mi culo…Removí el trasero para esquivarlo, pero me pareció que eso le agitaba aún más. Se me nubló la vista.

“Suéltame, por favor…” supliqué entre risas nerviosas.

--Vaya culo tienes--rió él, dándome una palmada en el muslo--Si apruebas, tienes que dejarme que te de un buen mordisco…te lo digo sólo porque eres de mi familia ¿eh? Jajaja--rió--sin ningún tipo de lujuria…

Me soltó cuando le vino en gana, por supuesto.

Quedamos para el día siguiente por la tarde para resolver “dudas” de química.
Cuando se levantó de la silla comprobé con espanto que lucía una mancha acuosa en su desteñido chandal, a la altura del muslo. Pero él no pareció darse cuenta.

Cuando nos separamos en el pasillo me dio un afectuoso abrazo y me dijo que le hacía feliz poder ayudarme. Lo decía en serio.

“Ayúdame a correrme ahora, cabrón” quise decirle, pero en lugar de hacerlo entré en mi cuarto, intentando retener su olor para el resto de la noche. No pude evitar masturbarme furiosamente en la cama hasta provocarme algunos orgasmos. Ocho, para ser exactos. Me masturbé ocho veces aquella noche, pensando que tenía a Silver entre mis piernas.

Al día siguiente me levanté de la cama bastante nerviosa. Por la mañana no encontré a Silver en casa ni a mi hermano, habían salido a correr juntos. Solían hacerlo desde temprano. Mientras desayunaba mi madre me dijo que aquella tarde saldría con mi padre, ya no recuerdo para qué.

Me vestí cómoda para estar en casa, aunque también quise ponerme un poco sexi…descuidadamente sexi…quería controlar más la situación, supongo, y no que Silver me pillara desprevenida, como siempre.

Después de comer me fui a mi cuarto, me cambié de bragas (estaba insoportablemente excitada pensando que en breves instantes le tendría solo para mí, aunque también estaba aterrada), me puse una camiseta gris que con el cuello desbocado dejaba al descubierto mis hombros y parte de mi escote, un pantalón blanco de tela fina, ajustadito por debajo de las rodillas, y mis sandalias de verano de andar por casa. Me miré al espejo de mi armario. La verdad es que no podía negar que yo tenía un cuerpazo de miedo, y que con ese estilo “cuidadosamente descuidado” estaba tremenda. Por supuesto no me puse sujetador, porque lejos de querer excitarle, pensé que no se daría cuenta, ya que todas mis camisetas son un poco grandes y no suelen marcar demasiado. Bueno, claro que en el fondo sí que quería excitarle…pero sin parecer pretenderlo.

Me recogí el pelo en un moño cuidadosamente estudiado “como quien no quiere la cosa”, que dejaba escapar algunos rizos sinuosos sobre mi cuello, y me puse vaselina en los labios (mi punto fuerte), para que parecieran más jugosos sin tener que pintarlos.

Esperé unos minutos a que viniera a buscarme pero…no vino.

¿Qué ocurría?

¿Se le había olvidado la conversación del día anterior?

¿No tendría ganas en ese momento?

Pocas ganas tendría si no se acordaba de que habíamos “quedado”…

Al ver que no venía pensé “Y ahora, ¿qué hago?”. Me enfadé un poco con él y conmigo misma por ser tan idiota.

Decidí entonces que Mahoma iría a la montaña; fue una decisión que tomé sin pensar demasiado. Después de todo había dado por hecho que él vendría a buscarme…pero si no era así, entonces iría yo. En definitiva no era que quisiera tirármelo…sólo iría a buscarle a su cuarto para que me diera unas estúpidas “clases” sobre química estúpida. Valorado así me pareció lógico plantarme delante de su puerta con mi mochila y mis libros.

La puerta de la habitación que compartían mi hermano y Silver estaba abierta.

A través de ella vi a Silver sentado en el suelo entre las dos camas, debajo de la ventana, con la cabeza inclinada sobre un libro que tenía en las rodillas, el cabello negro derramado sobre las páginas. Llamé levemente y levantó la vista.

--Hola, guapa--me sonrió--ya pensaba que no venías…

--¿Estabas repasando?--pregunté, nerviosa, por decir algo.

--Un poquito--dijo, cerrando el libro de tapas gastadísimas, manteniendo un dedo entre las páginas--pero ya está.

Por primera vez me pareció verle un poco nervioso, como estaba yo.

--¿Te sientas conmigo?--preguntó, haciéndome un poco más de hueco a su lado--Aquí no hay mucho sitio, tendremos que estar en el suelo.

La casa de mis padres no era grande, y las habitaciones eran todas bastante pequeñas. En la de mi hermano, al haber tenido que meter otra cama, solo quedaba libre un trocito de suelo desde la puerta hasta la ventana, pasando por entre las dos camas.

Avancé un poco sorteando papeles amontonados, y antes de sentarme tuve que inclinarme para dejar la mochila abierta en el suelo. Cuando esto sucedió, el escote de mi camiseta se combó hacia abajo dejando al descubierto un sesgo de mis pechos, que me apresuré en tapar tan pronto me di cuenta, cuando hube soltado la mochila.

--Eh, ¿vienes a estudiar o te has propuesto que te viole?--preguntó a bocajarro, con ojos chispeantes.

Supongo que me puse terriblemente roja…

--No pongas esa cara mujer, que era broma…--rió.

--Qué vergüenza-- acerté a murmurar, mientras me sentaba a su lado como podía, evitando su contacto.

--Pero si no he visto nada--exclamó--y seguro que vale la pena…enséñamelo ahora que estoy mirando de verdad, ¡anda!

--Eres insoportable--le dije.

--¿Por qué?--preguntó con fingido asombro.

--¿Siempre te vacilas de todo?--le espeté.

--No te vacilo, voy en serio--dijo él, sin dejar de sonreír.

--Vale--atajé--paso de ti.

--Muy bien--dijo él, alargando el brazo hacia mi mochila para sacar un libro--Luego no me digas que no te avisé… ¿este es tu libro de química? Joder, se nota que no lo has tocado…está nuevo.

--Ya…es que me produce urticaria…

Abrió el libro y comenzó a explicarme cientos de cosas que al principio me sonaron a chino, pero poco después comprobé incrédula que iban teniendo sentido. Me puse más cerca de él porque, increíblemente, me resultaba interesante lo que me explicaba. Tengan en cuenta que hasta entonces yo pensaba que el electrón era el hermano de la bruja Avería…

En un par de horas me explicó todos los tipos de enlace químico y la formulación de compuestos iónicos, cosa que aún en estos días recuerdo a la perfección.

Mientras me hablaba no miraba el libro, aunque a veces me señalaba algo; me miraba a los ojos y yo me perdía en los suyos--dos enormes mares negros--y me mareaba con la proximidad de su boca. Recuedo que tenía en el lateral izquierdo de su labio inferior una bolita de acero, surcada por un pequeño aro del mismo material, que me daba un morbo tremendo. Mantenía mi mirada allí enganchada, mientras él hablaba despacio, con suavidad.
De pronto Silver paró en seco y me miró divertido.

--Malenita, ¿me estás mirando el pendiente de la boca?

Joder. Qué mal.

--Ay, sí, lo siento.--dije como una imbécil, porque era evidente que era peor mentir--es que me gusta mucho…pero te estaba escuchando, en serio.

--¿Te gusta?--recabó, sonriendo levemente.

--Lo siento, te estaba prestando atención, de verdad.

Cómo le iba a decir que se me iban los ojos buscando su boca.

--No, no, si no me importa…--se apresuró a decir--es que… no sabía que te gustaran estas cosas.

--Hombre, me gustan en ti--joder, lo estaba arreglando…--quiero decir, que yo no me lo pondría…pero a ti te queda bien…

Él se rió sin suficiencia.

--Ah, bueno, muchas gracias. Está bien esto que me dices, ahora pienso que estoy guapo… ¡qué bien!

Sonreí.

--¿Puedo tocarlo?--no sé por qué demonios dije aquello. Probablemente fue lo que desató la sucesión de calamidades que ocurrieron a continuación.

Él pareció quedarse totalmente parado, de pronto. Quizá si le importaba y le descolocaba yo. Quizá acababa de mostrarme una pequeña fisura en su indiferencia.

--¿El piercing?--preguntó--claro, toca. Me puedes tocar donde quieras--añadió con una sonrisa maliciosa, dejandome helada.

Ya no había vuelta atrás, en ese momento lo supe.

Alargué la mano y él se acercó un poco más, extendí los dedos y acaricié el frío metal al tiempo que un escalofrío me recorría. Llevaba ya tiempo con las bragas muy mojadas y con el coño caliente. Una vez más pensé que se me notaría, como si mi dedo tembloroso me delatara.

Silver cerró los ojos y se dejó tocar como un león poco acostumbrado al contacto humano.
No pude resistir y me incliné para darle un leve beso en la comisura de la boca, con mis labios secos.

Cuando me aparté de él abrió los ojos sin dar muestras de sorpresa, y de pronto se echó a reír.

--Bueno--dijo, sacudiendo la cabeza--Vale. Tengo piercings por todo el cuerpo. También te los puedo enseñar…

No supe qué hacer.

--Perdona que me ría--dijo esforzándose por parecer algo más serio--es que me has puesto…nervioso…

Yo tampoco daba pie con bola.

--Perdona…--le dije--no sé por qué he hecho eso…

--Tranquila--dijo con un poco más de seguridad--si haces lo mismo con el resto de los piercing que llevo, te perdono…

Y se echó a reír de nuevo.

--No seas cruel, por favor--murmuré. En parte sentía que me había lanzado sin red a no sabía qué y me había estampado, y Silver, mi amigo-casi hermano, a quien yo deseaba a fuego, se estaba riendo de mí en mi propia cara.

Él dejó de reírse.

--Olvida mis gilipolleces, Malena.--dijo con un tono extraño-- Es que me he puesto muy nervioso.

--Tú no te pones nervioso nunca.

Él apartó los libros de un manotazo y se acercó más a mí, con lo que casi estábamos pegados.

--Claro que me pongo nervioso--me dijo al oído--lo que pasa es que a lo mejor tú no te has dado cuenta…o yo no lo sé demostrar…

Estaba horriblemente próximo a mí. Sus labios rozando mi oreja. Comenzó a acariciarme torpemente el dorso de mi mano, haciéndome estremecer.

--Ahora eso sí, me la has jugado; esta te la guardo…--escuché y sentí como sonreía--así que te la voy a devolver…

A continuación sentí sus labios humedecidos sobre mi cuello, detenidos allí eternos segundos, y la tímida caricia de su lengua antes de separarse de mi piel.

Se separó bruscamente de mí y me miró con fijeza. Tenía las pupilas dilatadas, con lo que sus ojos parecían aún más dos espejos negros; respiraba acelerado, como si hubiera estado corriendo. Yo por mi parte intentaba controlar mi respiración.

--No sé qué me has hecho, Malena--murmuró mientras se levantaba de pronto.

Caminó por el estrecho pasillo entre las camas como si tratara de zafarse de lo que fuera que estuviera pensando, y se sentó en una de ellas sin dejar de mirarme.

--Pero sí sé muy bien por qué yo he hecho esto--sus ojos reflejaban cierta turbación--creo que lo mejor que podemos hacer ahora es…

Estiró su brazo y sus delgados dedos para coger una montaña de papeles en blanco y un lápiz. Acto seguido comenzó a garabatear algo en los papeles, con extrema concentración, como si estuviera firmando un contrato crucial de vida o muerte.

--Silver--le llamé. Siguió escribiendo sin mirarme.

--Silver…--inisití. Le quería demasiado como para marcharme--No te preocupes, no pasa nada. No te calientes la cabeza. Ha sido una tontería, ya somos mayores…

Él levantó la vista de sus papeles, y yo me encontré con sus ojos súbitamente cargados de tensión.
--No--dijo tajante--claro que me caliento la cabeza.

--¿Es por mi hermano?--le pregunté. Supuse que eso le influía completamente para actuar hacia mí, si es que acaso yo le gustaba.

Silver entornó los ojos con una sonrisa trabada por los nervios.

--¿Por tu hermano?--inquirió--No, Malena, tu hermano me da igual. No es por nada que pueda pensar nadie, incluso tu hermano.

Me quedé mirándole sin comprender.

--¿Entonces?

No entendía nada. Se lo estaba poniendo fácil. Tanto si quería que pasara algo como si no.

--No es eso--dijo en voz baja--es que tú no me conoces…

--¡Pues claro que te conozco!—exclamé

--No, Malena.--respondió mientras se apartaba bruscamente un mechón de pelo de los ojos--Tú crees que me conoces pero no es así. No sabes cómo soy yo realmente, no sabes cómo soy “de verdad”. Estoy loco. Y tú me vuelves más loco todavía.

Me levanté y me senté a su lado, tratando de fingir tranquilidad. Me inquietaba la reacción que estaba teniendo. Quería saber por qué de pronto había dejado de ser “el hombre tranquilo”. Pensé que se iba a apartar de mí pero lo que hizo fue abrazarme los hombros, y yo sentí la tensión de sus músculos. No comprendía qué le estaba ocurriendo.

--Te equivocas--le dije--Claro que te conozco. Y me gusta cómo eres. Aunque digas que estás loco.

Él negó con la cabeza.

--Yo te quiero como tú eres…te quiero mucho, Silver.

Me soltó suavemente y me miró con temor.

--Yo te quiero también--me acarició la mejilla con dulzura--pero insisto, no me conoces. Y no quiero que me conozcas--musitó.

--Pero, ¿a qué te refieres?

--A que si me conocieras de verdad, a lo mejor dejarías de quererme tanto.

--Bueno, ya vale--le corté. No sé qué demonio salió de mí.

Me levanté, sintiéndome de alguna manera herida por todo lo que estaba sucediendo.

--No sé qué paranoia te has montado--dije con enfado--pero aquí no ha pasado nada, y yo no te entiendo en absoluto. No sé qué es eso tan terrible que no conozco de ti, pero Silver, o me lo cuentas o no, pero no me hagas esto. No tengo ni idea de lo que piensas ni de lo que quieres, así que te diré lo que pienso yo, básicamente tres cosas…

Me miraba desde la cama con estupefacción, los ojos muy abiertos.

--La primera--continué--te quiero y me gustas muchísimo. Sí, no me mires con esa cara. La segunda, ya estoy harta de esconderme para masturbarme pensando en ti, porque no se puede una ni correr a gusto en esta puta casa…

Yo misma me estaba quedando de piedra al soltar este chorro de confesiones.

--Y la tercera, me estoy dando cuenta de que eres gilipollas--concluí, y sin darle tiempo a responderme me lancé hacia la puerta y desaparecí por el pasillo.

Entré a mi habitación y me derrumbé en la cama, sintiéndome la más imbécil de España, y no es que fuera la primera vez que me sentía así, pero con Silver era mucho más doloroso.
Me eché a llorar de rabia y de impotencia; ¿Por qué cojones había dicho yo todo eso? Me sentía una jodida niñata… ¿por qué había actuado Silver así?…Ahora ya no seríamos amigos, ni amigos-hermanos, ni nada de nada. Había gritado mi secreto delante de él, estaba sin armas; decididamente yo era gilipollas. Y tenía dolor, tenía una herida.

De pronto le sentí en la puerta. Una vez más no había oído sus pasos, y estaba llorando, no montando un escándalo que me impidiera escuchar. Levanté la cara de la almohada y comprobé que, en efecto, estaba parado en el quicio de la puerta sin saber si entrar o no, con una mirada de culpa terrible.

Supongo que le miré con odio.

No me hacía ninguna gracia que me viera así. Que viera mi herida.
Le hubiera dicho que se fuera pero si lo hacía y él se iba se me rompería el corazón.

--Tienes razón, soy un gilipollas.

Me estaba diciendo lo que yo quería oír.

--¿Puedo pasar?--preguntó, insinuando un paso vacilante más allá de la puerta.
Me encogí de hombros.

--Haz lo que quieras--le dije, secándome las lágrimas con enfado.

--¿Seguro?

Asentí.

Caminó despacio hacia mí y se sentó a mi lado en la cama. Después se inclinó hacia atrás, hasta quedar tumbado, al tiempo que presionaba con un abrazo mi espalda contra su pecho y su estómago, y me atraía hacia él. Yo caí tumbada sobre su pecho sin oponer resistencia.

Él se movió hacia atrás, dejándome sitio, hasta apoyar su espalda contra la pared.
Yo coloqué mi cuerpo hacia atrás de la misma forma, para evitar caerme de la cama. Sentí el contacto de él y su respiración, nuevamente acelerada. Apreté mi cuerpo contra el suyo sintiendo su piel y su ropa.

Noté su nariz en mi nuca, y sus brazos cerrándose sobre mi cintura. Comenzó a dibujar formas sinuosas sobre mi vientre, por encima de la camiseta, y atrapó mis piernas entre las suyas.

--Lo siento mucho--susurró--de verdad. No sé si puedo hacer esto…¿tú me dejas?--preguntó deteniendo sus caricias.

Comencé a acariciar la parte accesible de su muslo sobre sus vaqueros gastados. Flexioné mi brazo todo lo que pude para llegar hasta su cadera, y estiré los dedos sobre la tela del pantalón. Las piernas de él se cerraron aún más sobre las mías.

--¿Me dejas tú?--pregunté, estirando aún más los dedos hacia su entrepierna, encontrando su polla dura debajo de los pantalones.

--Tú puedes tocarme donde quieras--murmuró--ya te lo dije antes.

Metió suavemente la mano debajo de mi camiseta y comenzó a ascender con la punta de sus dedos, aún sin atreverse a ir más allá, rozando con delicadeza mi pezón derecho que se endureció al instante.

--¿Me das tu permiso entonces para tocarte a ti donde yo quiera, y como yo quiera?--preguntó, presionando imperceptiblemente su rabo contra mí.

--Sí--contesté, y por fin su mano subió hasta mis pechos y se cerró con glotonería en torno a mi teta derecha. Apretó con furor su polla contra mi culo y mordió mi cuello con fuerza. Pude sentir en mi espalda cómo subía y bajaba su pecho en un esfuerzo por controlar su respiración. Y comencé a acompasar a ésta mis propios jadeos.

Sacó su mano de debajo de mi camiseta y se insalivó tres dedos, para volver a introducirla donde estaba y pellizcarme el pezón con firmeza mientras continuaba acariciándome. Me pellizcaba y me soltaba una y otra vez, alternando caricias sobre mi turgencia con las yemas de sus húmedos dedos. Me hizo gemir, y recuerdo que pensé con terror--en mi mentalidad de dieciséis años--que me estaba retorciendo como una cerda, y que él pensaría que yo era una guarra. Pero casi a la vez pensé que qué más daba; era Silver, era mi amigo, era mi medio hermano. Sentí ganas de gozar de verdad y de revolcarme en el sexo como una marrana chapoteando en una pocilga. Mis bragas parecían amenazar con deshacerse. Le quité la mano de mis pechos y la coloqué con brusquedad sobre mi coño, porque estaba tan excitada que me dolía, y necesitaba desesperadamente que se me clavara allí.

Él empezó a presionar mi entrepierna con la palma de su mano, despacio pero con fuerza.
Sentía que su polla estaba a punto de estallar los botones de su pantalón, de lo dura que la tenía, clavándomela entre las nalgas una y otra vez.


Giré la cabeza buscándole la boca y él me beso con lujuria, recorriendo cada rincón de la mía con su lengua hambrienta. Salió de mi boca para tomar aire y volvió a entrar, con tanta fuerza que su lengua parecía la broca de un taladro amenazando con destrozarme. Me mordió los labios y me hizo gemir de nuevo de placer y de dolor.

Yo arqueé la espalda contra su pecho dándole a entender que dejaba a su entera disposición mi coño y mi culo para que ambos orificios gozaran con sus caricias, a pesar de que aún tenía la ropa puesta.

--¿De verdad te has masturbado pensando en mí?--preguntó a media voz mientras pasaba su otro brazo por debajo de mí para llegar a mi pecho izquierdo.

--No tienes ni idea de cuántas veces--respondí, gimiendo al escucharme a mí misma hablar de aquel modo.

Al oír aquello, me besó con furia y de un tirón me bajó los pantalones. Le escuché resollar mientras metía la mano por debajo de mis bragas y estrujaba mi coño caliente, mojándose los dedos en mi humedad.

--Entonces no te importará que te masturbe yo ahora--me dijo.

Pero no comenzó a tocarme como yo esperaba.

Me obligó a tumbarme bocabajo y me colocó un cojín justo debajo del pubis, para levantarme el culo. Se irguió sobre mí y me bajó las bragas dejando al descubierto mi coño y mi culo, que le esperaban temblorosos en una posición en la que él podía jugar, acariciar, meter y sacar los dedos a placer. Sin que él me tocase ya me veía yo apunto de correrme.

Estuve unos segundos a la espera, desnuda de cintura para abajo, sin sentir sus manos sobre mí.

Y de pronto me dio un sonoro cachete en el culo.

Traté de levantar la cabeza algo sorprendida pero él no me dejó, y me dio otro azote, un poco más fuerte que el anterior.

--Tranquila, confía en mí--me dijo cuando me quejé--no te voy a hacer nada que no te guste.
Me dejé acariciar por su voz y me relajé.

Volvió a humedecerse uno de sus dedos y comenzó a jugar entre mis nalgas. Sentí la punta de su dedo abriéndose paso dentro de mi culito virgen, que jamás ni un supositorio había profanado. No me hizo daño ninguno y me gusto, y se lo demostré moviendo mis caderas en torno a su dedo, que trazaba caricias oscuras ejerciendo una presión cada vez más firme dentro de mi ano.

De pronto sacó su dedo rápidamente y se sentó en la cama. Sin mediar palabra me colocó con el culo en pompa sobre sus rodillas, como si fuera a darme una tunda, y resopló por la excitación que, se notaba, le estaba ganando la partida.

--Mejor así--dijo con la boca seca--No sabes las ganas que tenía de calentarte el culo…
Sentí una ráfaga de temor, ¿qué estaba diciendo?. Nadie me había puesto la mano encima nunca. Pero me tenía inmovilizada sobre sus rodillas, con las bragas cayendo hacia mis tobillos, sin darme ninguna opción a moverme. Aunque, a decir verdad, tampoco intenté resistirme demasiado.

--Voy a hacer una cosa--me dijo, esforzándose por controlar su voz--Voy a dejar que me demuestres hasta que punto te ha servido de algo el tiempo que hemos pasado estudiando la química de los cojones.

Me retorcí sobre sus rodillas, sin saber a qué se refería.

--¿Qué quieres decir?--pregunté, el coño chorreándome intuyendo la respuesta.

--Pues quiero decir--contestó despacio, mientras me acariciaba con dulzura la espalda y las nalgas--que te voy a dar esos buenos azotes que tanto necesitas, y así no se te olvidará nada y el día del examen me lo agradecerás.

Me pasó la mano por el coño mojadísimo.

--Veo que entiendes lo que te estoy diciendo…--murmuró con suavidad--y que te gusta…Ah, y no tengas miedo. No te va a doler como piensas, no lo hago para hacerte daño. Precisamente te voy a calentar para ayudarte a descargar esa tensión que el miedo te produce. El miedo a suspender, a fracasar; el miedo al miedo.

Y sin avisarme me propinó un par de nalgadas que me hicieron gemir.

--Muy poca gente sabe cómo se calienta un culo--continuó mientras rozaba mi clítoris con la punta de sus dedos--Hay que hacerlo despacio, poco a poco, con mucho cariño pero con firmeza. Para despertar el placer y al mismo tiempo conseguir que no puedas sentarte en una semana…

Me retorcí en torno a sus dedos, que trazaban sobre mi sexo caricias húmedas rápidas y acompasadas. Me ardía aún la huella de los azotes que había descargado sobre mi culo indefenso.

--Deberían condenar a los que castigan con violencia…--murmuró reflexivo--la violencia solo otorga sufrimiento sobre quien la inflige, y sobre quien la padece…Pero no te voy a hacer esperar más, que te noto muy tensa. Tranquila, mi preciosa Malena…

Comenzó a darme palmetazos en las nalgas despacio, pero de forma constante.

Yo solo sentía su mano abierta propinándome los cachetes, que fueron haciéndose cada vez más fuertes hasta resonar por toda la habitación.

Se detuvo cuando ya llevaba bastantes--no llegué a contarlos--y colocó el dorso de su mano sobre mis sufridas nalgas.

--Bueno, ya está bastante coloradito y caliente--dijo--ahora no te dolerá apenas…No dices nada, mi Malenita; sé que esto es nuevo para ti, pero sé que está gustando porque te lo noto, no sólo en tu coño, que me lo está gritando, sino en el lenguaje de todo tu cuerpo.

Era cierto. No saben cómo estaba disfrutando.

--No me odias demasiado ahora mismo, ¿verdad?--dijo moviendo sus dedos dentro de mi coño.--No soportaría que me odiases.

--No pares--murmuré sin dar crédito a mis propias palabras--Por favor, sigue haciéndolo.
Y él no se hizo de rogar.

Cuando me hubo azotado lo que creyó conveniente, se centró en acariciar mi clítoris como nadie lo había hecho jamás. Pero paró en seco justo cuando comencé a mover el culo hacia arriba y hacia abajo, convencida de que iba a correrme en ese mismo instante.

--No, mi amor, tranquila. Todavía no hemos terminado--dijo por encima de mis jadeos.--¿Recuerdas que te dije que quería comprobar si te sirvió lo que hemos estudiado?

¡Plas! De nuevo otra nalgada me rompió el culo.

--Contéstame si te pregunto, por favor. Así sabré que me estás escuchando…

--Sí, sí--gemí--lo recuerdo.

--Muy bien. Pues vamos allá.

Comenzó a hacerme preguntas sobre lo estudiado aquella tarde. Si contestaba bien me daba un pequeño cachete cariñoso y me acariciaba, aunque sin dejar que me corriera. Si contestaba mal, me azotaba terriblemente fuerte.

Sólo me azotó un par de veces, porque contesté bien, no sin asombro, casi todas las preguntas.

--Vaya, Malena, me alegro mucho--dijo con afecto--pero se te está enfriando el culito…
Y lo palmeó un poco más, para seguir acariciándome de nuevo hasta las puertas del orgasmo.

--Lo has hecho muy bien, levántate--me dijo, y con suavidad me condujo a la cama, volviéndome a colocar bocabajo sobre el cojín, con el culo mirando al techo.

Me separó las piernas y se inclinó entre ellas. Con los dedos separó cuidadosamente los labios de mi vagina, y sentí la punta de su lengua directamente sobre mi clítoris. Comenzó a lamerlo despacio, de arriba abajo, sin dejar de mantenerme abierta con sus dedos, acariciándome las nalgas ardientes con la otra mano.

Me corrí en su boca a los pocos lengüetazos, mientras él presionaba mi coño contra su boca y su nariz lamiéndome con salvaje decisión.

Estuve segundos que me parecieron horas gritando y gimiendo, convulsionando mi cuerpo contra él, metiéndole el culo en la cara. La saliva de él chorreaba junto con mis jugos sobre la colcha estampada.

Cuando finalizó mi orgasmo me colocó boca arriba y flexionó mis rodillas sobre sus hombros para continuar comiéndome el coño, haciéndome llegar en cuestión de segundos a un nuevo orgasmo tan intenso como el anterior.

Se apartó y se secó la cara con la manga de la camiseta, mientras me observaba con una sonrisa cómo me corría dando botes encima de la cama.

Se llevó las manos a la entrepierna y comenzó a desabrocharse los pantalones.
Al ver lo que hacía mi excitación aumentó más en lo poco que era posible y comencé a acariciarme yo misma dando pequeños botes en la cama. Nunca me había sentido tan caliente.

Se quitó los vaqueros y alargué la mano para tocar la tela abultada de sus calzoncillos. Se acercó a mí y pude sentir la plenitud de su erección palpitando en la palma de mi mano.

--Qué dura la tienes--no pude evitar comentar.

--Hombre, como para no tenerla--resopló con sorna--¿crees que eres tú la única que ha disfrutado con todo esto?

Me acarició la mejilla y me atrajo hacia sí con la boca entre abierta, respirando entrecortadamente. Me dio un suave beso en los labios y me acarició de nuevo con ternura.

Recuerdo que entre jadeos le pregunté al oído:

--¿Me vas a follar, Silver?

Él jadeo profundamente y me miró con fijeza.

--¿Tú quieres?

No supe que contestar. Claro que quería…o creía que quería.

--No lo sé…--conseguí contestar--no lo he hecho nunca…

Ni nunca me habían calentado el culo, ni me habían comido el coño así, ni me habían acariciado de esa manera. Pensé que sería doloroso y me dio miedo, pero seguía excitada y deseaba que me follara en aquel mismo momento.

--No te asustes, por favor--dijo en voz baja--No hace falta, no pasa nada.

En mis fantasías yo ya había hecho de todo y más, pero la realidad era diferente. No había pasado de achuchones y algún tocamiento desafortunado que jamás me había despertado aquella sensación que todo ese tiempo había estado sintiendo.

Pensé de pronto que Silver había conseguido hacerme ver que el sexo tenía sentido. El sexo real, que hasta el momento me tenía bastante desengañada.

Me miraba expectante, con el cuerpo tenso, implorándome con los ojos que me decidiera rápido porque ya no podía más.

--Si no lo has hecho nunca prefiero no hacerlo--murmuró--estoy muy cachondo y podría hacerte daño…no puedo prometerte que me vaya a controlar…

Me acerqué a su boca y mordisqueé la bolita de acero, acariciando con la lengua sus labios.
Recorrí con la boca el trayecto entre su mandíbula y su oreja, pasé por su cuello notando la tensión allí acumulada; le quité la camiseta y humedecí con mi lengua su pecho y su estómago. Continué besándole alrededor de su ombligo y finalmente tiré con los dientes de la goma de sus gallumbos.

Sentí como Silver apretaba los dientes y gemía mientras los músculos de su abdomen se endurecían.

Apartó con cierta brusquedad mis manos de sus caderas y se quitó de golpe la única prenda que le quedaba, sin el estorbo de la cual su brutal erección me golpeó en la cara.
Nunca había visto una polla tan de cerca.

Jamás habría pensado chupársela a ninguno de los tíos con los que había tonteado, pero a Silver me apetecía hacérselo. Me moría de ganas, la verdad. Aunque más abajo, en el coño, sentía como que me faltaba algo.

Se retorció de gusto contra mí cuando me metí su rabo duro en la boca. No tenía ni idea de cómo hacerlo, pero debía de estar haciéndolo bien a juzgar por los quejidos roncos que emitía él y los pequeños movimientos que insinuaba adelante y atrás, como si quisiera follarme la boca pero no se atreviera.

Con curiosidad exploré su polla de abajo arriba, trazando círculos con la lengua en el enrojecido y caliente glande. Me cogió la mano y me hizo saber cómo le gustaba que se la masajeara mientras le chupaba. Me inundé de su olor, hasta que éste quedó confundido bajo el de mi propia saliva.

Empezó a moverse más rápidamente y con más fuerza, empujando con su culo, introduciendo en mi boca la totalidad de su miembro y después sacándolo, metiendo y sacando…

De pronto se detuvo.

--Malena, si sigues haciéndome esto creo que me voy a correr…--dijo entre jadeos, con un hilo de voz.--Ven, deja que te acaricie un poco más.

Comenzó a acariciarme el coño de nuevo, y yo volví a la carga mamándosela más excitada que nunca. Solo imaginarme cómo se corría casi me hace tener otro orgasmo mientras me tocaba con sus habilidosos dedos.

--Joder…--murmuró moviéndose salvajemente--apártate, voy a mancharte…
En lugar de apartarme cambié de posición y le ofrecí mi culo para que derramara sobre él su leche caliente.

Aquello fue demasiado para Silver y acto seguido note en mis castigadas nalgas potentes chorros ardientes que fui introduciendo en la rajita de mi culo; quería notar plenamente su orgasmo, cómo me quemaba por dentro. Mis dedos jugaron con su semen extendiéndolo por entre mis nalgas; eso me puso de nuevo tremendamente cachonda, aunque no llegué a correrme otra vez.

Sentí por fin que la marcha de Silver se aflojaba y noté el peso de su cuerpo sobre mí cuando me abrazó exhausto.

Mantuvo su abrazo unos minutos, con su cara apoyada contra mi espalda. Yo tenía la espalda y el culo llenos de semen, estaba pringada hasta las trancas pero no me importaba.

--Malena…

Silver se había separado de mí y sentía sus ojos clavados en mi espalda. Me giré y contemplé su desnudez laxa y su rostro intranquilo.

--Por dios, lo siento…He intentado decírtelo …--balbuceó atropelladamente--…espero…espero no haberte hecho mucho daño…

Impulsivamente le eché los brazos al cuello.

--¡No!--exclamé--si tú estás loco, yo estoy más loca…

Silver me abrazó a su vez

--Por nada del mundo te haría daño…

Le besé varias veces en el cuello y en la curva de su hombro, y le acaricié su precioso pelo negro.

--No, Silver…me ha gustado…

--¿Sí?--preguntó, deshaciendo su abrazo para mirarme a los ojos--¿has disfrutado?
Le miré con una sonrisa cuya anchura no podía controlar, era una sonrisa de felicidad.

--¿A ti qué te parece?--respondí.

Él sonrió a su vez bajando la mirada con un poco de… ¿vergüenza?…

--¿Y tú?--le pregunté --¿Tú has disfrutado?

--Joder, Malenita, ¿qué pregunta es esa?--sonrió enarcando las cejas--es evidente, ¿no?

--Pues eso digo yo.

--Bueno--sonrió complacido--me alegro…de verdad…

Me levanté despacio con cuidado de no manchar todo lo que me rodeaba.

--Creo que debería ir a ducharme…estoy completamente pringada, mírame.

Silver también se levantó, su cara iluminada por una sonrisa.

--Ya te veo. Deja que te acompañe…--pidió con un destello en sus ojos lobunos--aunque ya sabes que es peligroso decirme que sí…--y añadió--Tengo muchas ganas de demostrarte lo agradecido que me siento, por el placer que me has dado con esa mamada tan estupenda…

Me volví hacia él de camino a la puerta del cuarto de baño.

--¿Tanto te ha gustado?--pregunté.

--La mejor de mi vida.

--No exageres…

Se echó a reír.

--Hombre, tampoco me han hecho demasiadas…--dijo encogiéndose de hombros--pero de todas esas pocas, la tuya la mejor… ¡no te miento!

--Te voy a dar una paliza--le amenacé antes de entrar al baño.

--Te entenderé--me contestó con sorna--te ayudo, si quieres…yo me sujeto y tú me pegas…

Nos quedamos mirando allí, desnudos ante la puerta del baño, sonriendo.

Si hubiera visto esa imagen de los dos en esa situación algunos días antes, no me lo hubiera creído.

--Entra--me dijo--que vas a coger frío…

--Por dios, Silver, que es verano y aquí hace un calor de muerte…

Él sonrió.

--Tienes razón.

--Oye--le dije--Te dejo que entres conmigo al baño sólo si me prometes una cosa…

Silver asintió sin dejar de sonreír. Tenía otra vez el estandarte pidiendo guerra. Su polla ya no estaba flácida y se dejaba insinuar, un poco crecida.

--Bueno dos cosas.--corregí--Bueno, tres.

--O cinco, da igual.--rió--Dime. Lo que quieras.

Me acerqué más a él.
--La primera, que después de esto vamos a seguir siendo igual de amigos…

Silver asintió, animándome a continuar.

--Claro que sí. No dudes.

--La segunda…--comencé a decir, pero paré a pensar cómo formular la petición.

--Dime…--me animó--lo que sea…

Carraspeé y sonreí.

--La segunda…bueno, me gustaría, cuando podamos, algún día…hablar en frío de esto, porque…nunca había hecho nada parecido, y me ha gustado…

Silver me miraba con atención.

--…y…--continué--…Me gustaría…preguntarte algunas cosas…

--¿Sobre lo que hemos hecho?

Miré a mi alrededor, buscando las palabras adecuadas.

--Sí…--respondí--…es que nunca me habían…puesto caliente de esa manera, como tú lo has hecho…no comprendo muy bien por qué me ha gustado tanto, pero me ha encantado…y quisiera hablar contigo de ello, algún día…

Él asintió.

--Claro. Cuando tú quieras.

--Gracias--respondí con cierto alivio; tenía miedo de que él no quisiera volver a hablar del asunto.

--¿Y la tercera cosa?--inquirió acercándose para besarme la mejilla.

Le miré con glotonería.

--Que me darás más clases de química de estas…

--Joder, Malena, no sé cómo lo haces…

--¿el qué?

Silver se rió.

--Ponerme así de cachondo en tan poco tiempo…

Sonreí al ver su descarada erección.

--Pero… ¿me lo prometes?

Se apartó el pelo de la cara y se agarró la polla con la mano izquierda, mientras levantaba la mano derecha en el aire.

--Lo juro por ésta que tengo en mis manos…


Le di un leve empujón hacia fuera del baño.

--Silver, te lo digo en serio, quiero saber si me prometes esas tres cosas…

Soltó su polla y se apoyó con gesto astuto en el quicio de la puerta.

--Vale, muy bien. Te contestaré a las tres, una por una.

--Bien.

--Primera: puedes contar conmigo siempre, como amigo, pase lo que pase. A no ser que me mates, que entonces será imposible…

--Gracias.

--No hay por qué darlas--dijo mirándome intensamente a los ojos--Segunda: En cuanto a lo de hablar, cuando tú quieras. No sé qué es lo que quieres saber, pero si te sé responder, ten por seguro que lo haré.

Asentí, devolviéndole con fuerza su mirada.

--Vale. Y la tercera es tan obvia que no voy a contestarla…

--¿la prometes o no?--presioné yo. No hago tratos con el diablo.

--Sí, claro, la prometo…

Los ojos de la tierra


Los ojos de la tierra, mi madre.


Esa tierra con hedor a muerte es la misma que te vio nacer, no es otra que tu madre. Húmeda y fría en el fondo, aunque también un manto cálido sobre los hombros al sol de verano. Raíces turbias se retuercen en sus profundidades, tenebrosos zarcillos como deseos sin cumplir que nunca saldrán a flote; se ahogan. Se ahogan arrastrando inocentes a su paso.
La tierra está muerta, la tierra sombría. La tierra está muerta pero sigue viva.
Anegada de agua, antaño fértil y ahora inundada pero estéril, odiada, penosa, también amada. ¿Cómo no iba a sentir compasión?
¿Cómo no acurrucarme bajo su manto nunca arropado? ¿Cómo no volver a sus brazos una y otra vez, si es la única que me ve llorar por dentro? En ella mi llanto fluye como río subterráneo…
Pero ya no me asustan sus temblores.


lunes, 22 de junio de 2009

El Cristo que lo fundó

EL CRISTO QUE LO FUNDÓ
El amor es la energía que mueve al mundo sensible. El amor no se crea ni se destruye. Sólo se transforma…en odio.

PRIMERA PARTE: LOS MANDAMIENTOS SEGÚN JACK (para sobrevivir en el infierno)

I.-No cuesta nada ser amable

La muchacha de grandes ojos oscuros sonrió satisfecha ante el espejo de cuerpo entero de su habitación. Al hacerlo, mostró sin querer sus dientes descoloridos y demasiado grandes, rubricados por el horrible corrector dental de color del hierro, y al instante siguiente frunció la boca en un rictus de disgusto. Era difícil convivir con los correctores dentales cuando una acababa de cumplir los quince años y lo único que quería—con gran atrevimiento y sólo a veces, en su imaginación—era sentirse toda una mujer, y no una mujer cualquiera…sino la más guapa, la mujer más bonita del mundo.
Margarita—pues ese era el nombre de nuestra joven mujer—se repetía a sí misma con insistencia el argumento de que “la-belleza-interior-es-lo-más-importante”, y no lo hacía sólo por consolarse…sino también porque intuía que algo de verdad habría en ello. Era una chica inteligente y con más madurez de la que cabía esperar en alguien de su edad. Pero a veces no podía evitar preguntarse cómo era posible que, si tan importante era la “belleza interior”, las compañeras más guapas de la escuela o de la urbanización donde vivía parecieran siempre más felices que ella, y con menos problemas. Y es que Margarita tenía la sensación de que arrastraba millones de problemas, todos ellos cargados sobre su espalda pesándole como una mochila llena de piedras mojadas. Aunque bien es verdad que no todas esas piedras tenían nombre…al menos en aquel momento.
Observando el leve temblor de su barbilla en la superficie pulida del espejo, así como la brevísima sombra de desesperación que cruzó sus ojos como una ráfaga, Margarita se alisó el vestido amarillo—sólo se lo ponía para ocasiones especiales, y ella deseaba en su fuero interno que aquel domingo fuera “especial”—y dio una vuelta completa sobre sus zapatitos de charol algo desportillados. Dándole la espalda al espejo, se asomó por encima de su hombro para ver si el lazo trasero del vestido estaba bien hecho (con los extremos cuadrados y gruesos, como a ella le gustaba, y las cintas sobrantes de la lazada colgando rectas, suavemente, a lo largo de las jaretas verticales de la falda), y asintió para sí misma con aprobación: sí, estaba todo correcto. Qué bonito vestido. Lástima que ella fuera tan fea.
Se había peinado el cabello de infinitas formas, tratando en vano de buscar aquel peinado que más le favoreciera. Tiempo perdido pues, a medida que lo intentaba una vez tras otra se había ido desesperando, y el pelo se le había comenzado a ensuciar—se le ponía grasiento con facilidad—de tanto tocárselo. Finalmente, cansada de tantos intentos fallidos, había decidido calarse una diadema de hojalata adornada con pequeños brillantes —de “culo de vaso”, como diría su madre—y a pesar de que su flequillo rebelde se empeñaba en escaparse y en sobresalir del entramado de cristalitos, la muchacha no quedó del todo descontenta con el resultado.
Colocó por enésima vez los cuatro pelos rebeldes que se empeñaban en salirse del límite marcado por la diadema, y asintió de nuevo ante el espejo con fugaz aprobación, disponiéndose a bajar al recibidor donde ya la esperaban sus padres y hermanas para ir a la iglesia.
Todos los domingos sin excepción se ejercía la práctica del catolicismo en la familia de Margarita. Y ay del que no estuviera listo a tiempo para tal fin...
La muchacha asió el pasamanos de la escalera con cierta inseguridad pero, cuando puso un pie en el primer peldaño, la ilusión de ser una princesa de cuento de hadas le embargó como una nube de algodón de azúcar –¡qué vestido tan bonito llevaba, qué linda se sentía ahora que no estaba el espejo delante para juzgarla!—y bajó las escaleras casi sin rozarlas, con la impresión de que volaba por encima de la madera brillante…ocho, siete, seis escalones…cinco, cuatro, tres...
Sonrió con gesto abobado sin poder evitarlo.
No obstante, la nube perlada de caramelo se esfumó de pronto en cuanto escuchó una carcajada desabrida, semejante a un graznido, procedente del rellano.
--¿Dónde vas con esa pinta? Pareces una paleta vestida de gala para las fiestas patronales…
El que había lanzado aquellas palabras como dardos era el Sr. López--el padre de Margarita--un intachable abogado que ejercía de ejecutor de hijas en sus ratos libres.
Margarita se quedó petrificada a medio camino entre la escalera y el recibidor, intentando procesar la información que acababa de recibir.
Se oyeron unos pasos apresurados, un taconeo febril acercándose peligrosamente por el pasillo. Poco después la Sra. López—la madre de Margarita—asomó su cabeza de avestruz por el arco de la puerta, mientras se ponía el abrigo apresuradamente y contemplaba a su hija mayor con los ojos como platos.
--Desde luego, hija mía…
Margarita parpadeó aturdida y retrocedió como si la risa de su padre la hubiera golpeado en el pecho. ¿Una “paleta”? ¿Una “paleta en las fiestas patronales”? Jamás se le habría pasado por la cabeza que pareciera una “paleta”…oh, dios… ¿realmente lo parecía?
--¡Quítate ese vestido inmediatamente!—recriminó la Sra. López, con el entrecejo surcado por una enorme arruga vertical—ponte algo más…menos… --buscó desesperada la palabra exacta en su cabeza--¡ponte otra cosa!...así vas muy “de vestir”…
--Pero…--musitó Margarita, sobrecogida de pronto por la vergüenza.
--No, déjala—el Sr. López negó tajante mientras consultaba su reloj—no llegaremos a tiempo, mejor que salga así…vaya esperpento, ¡menudo culo te hace!—añadió volviéndose hacia su hija, a punto de estallar de nuevo en carcajadas—parece una mesa camilla, ¿no crees?
Como si todo aquello formara parte de una pesadilla en la que el sueño de Margarita se hubiera transformado de golpe, su hermana menor se echó a reír a su vez.
--Venga, culo bomba, muévete…que llegamos tarde…
--No insultes a tu hermana, cielo—regañó amablemente la Sra. López al pequeño monstruo que acababa de hablar.
--Eh, además… ¡esa diadema es mía!—ladró Irina, la hermana mediana, en cuanto hizo su entrada en el recibidor ataviada con una minifalda formato cinturón muy propia para el oficio—me la compré yo en los chinos la semana pasada…
Aquello ya era demasiado.
--¿La semana pasada?—inquirió Margarita girándose hacia ella, con una chispa de frustración en los ojos--¡Te la compraste hace dos meses! Y no te la has puesto nunca…
--Es igual—sentenció su hermana, elevando el tono de voz--¡Devuélvemela! Es mía…
Y de un tirón seco despojó a la princesa de su corona, tan fácilmente como el viento barre las hojas secas del suelo que ya no sirven para nada, con la velocidad del “visto y no visto”. El cabello lacio y algo sucio de Margarita se derramó sobre sus hombros y el engorroso flequillo se encabritó de nuevo por encima de su frente.
--Por el amor de dios, ¿es que siempre tenéis que estar peleándoos…?—Suspiró una airada Sra. López mirando al techo.
--Mamá, la diadema es mía…
--Ya, bueno—concedió ésta con gesto cansado, abriendo la puerta de la casa para que saliera su marido que ya comenzaba, silencioso, a impacientarse (y eso no era conveniente, de ninguna de las maneras) —Venga, vámonos. Y tú péinate un poco—dijo a Margarita con tono glacial—haz algo con ese pelo…
Con lágrimas agolpadas al borde de sus ojos, Margarita se alisó el cabello como pudo a tiempo para sentir como Irina, con gesto triunfal, le deshacía el lazo del vestido y de un empujón la apartaba para salir.
Podía haberse defendido…podía haberla empujado ella a su vez…
Pero el dolor, tan fuerte como el de una puñalada en carne tierna, habitualmente la paralizaba.
Y, por otra parte, empujar a su hermana hubiera desatado una nueva pelea que tal vez trajera como consecuencia los gritos y la mano larga de mamá, o en el peor de los casos la ira de papá…y eso no era aconsejable, más aún cuando querían llegar puntuales a la casa del Señor. No era conveniente.





II.-Nunca dejes de buscar, con más razón si estás perdido.

La lluvia se estrellaba contra la calzada sucia cuando el Sr. López estacionó su flamante coche delante de la iglesia, una construcción moderna de ladrillo en el centro del pueblo. El edificio se erguía desafiante, con la frescura de lo nuevo, entre el resto de pequeñas casitas de piel vieja que se agolpaban unas contra otras como si tuvieran frío. Resultaba algo desolador a la luz amarillenta que traspasaba las nubes como borrones de suciedad; la inmensa torre central parecía querer arañar el cielo con sus violentas aristas, coronada por una sencilla cruz latina de hierro negruzco y bordes afilados que rasgaban el aire.
Las estrechas ventanas de vidrieras le daban al edificio un aire de monstruo que contemplara el mundo a través de una doble hilera de ojos de alcantarilla; la gran puerta como la boca siempre abierta en espera del rebaño.
Jack, cansado a causa de su eterno viaje, apoyó la espalda en la pared exterior de la cafetería que se hallaba frente a la iglesia, y recorrió con los ojos la ancha avenida. No buscaba nada en concreto pero el hecho es que deseaba con toda su alma encontrar algo… aunque lo cierto era que no sabía qué.
Esa sensación de “falta”, esa necesidad acuciante de hallar ese algo sin nombre le acompañaba las veinticuatro horas del día, desde que se despertaba empapado en sudor hasta que lograba cerrar por fin los ojos y descansar de nuevo en espera del día siguiente. Y también, por supuesto, impregnaba sus sueños. De hecho, Jack estaba tan acostumbrado a aquella sensación que ya ni siquiera la advertía…por increíble que pueda parecer, apenas era consciente de su eterna búsqueda.
Respiró hondo, llenando sus pulmones de aire empapado de lluvia, sintiéndose como una figura de papel en un inmenso teatro…
Y entonces la vio.
Aquella muchacha salía vacilante del coche, con un vestido demasiado estridente para el neblinoso día, caminando algo rezagada del resto de su familia con los hombros hundidos como si quisiera que la tierra se la tragase y los ojos fijos en el suelo. La reconoció inmediatamente: era una extraña, como él. Extraña como una lágrima de fuego en un paisaje de icebergs y mareas de agua helada. Extraña como una mala hierba que se abre camino en medio del desierto.
Jack se adelantó unos pasos movido únicamente por su instinto, saliendo del toldo verde que le protegía. La lluvia mojó sus cabellos rubios y algunas gotas quedaron prendidas en los desordenados mechones como pequeños diamantes. Entornó los ojos para observar con detenimiento a aquella niña triste que parecía salida de un húmedo infierno, y sintió la pulsión de seguirla, de hablarle…
Pero en cuestión de segundos la muchacha se fundió con la masa de gente que se agolpaba a las puertas de la iglesia, y su vestido amarillo desapareció con un aleteo de la vista de Jack, quien se hallaba anclado misteriosamente al suelo como si sus pies estuvieran atrapados en un bloque de mármol.


III.-Siempre hay una salida.

--No te sientes a mi lado, “culo-bomba”—susurró Irina con regocijo al tiempo que daba un codazo a su hermana, moviéndose sin hacer ruido por entre los bancos de madera llenos de fieles que tomaban asiento.
Alina, la hermana más pequeña, sofocó una risita cuyo eco reverberó en las paredes de piedra.
--Chissss—recriminó la Sra. López, buscando con la mirada un sitio en la abarrotada iglesia—callad. Irina, deja de reír que nos está mirando la gente…
--¡Nos está mirando por la pinta que tiene ésta!—protestó la aludida con una carcajada quebrada.
Margarita enrojeció en silencio y, en un súbito espasmo de rebeldía, levantó los ojos húmedos hacia su hermana.
--Será por la pinta que tienes tú—le espetó con los dientes apretados.
Irina la miró con sorna.
--Yo por lo menos no parezco una paleta de pueblo con cara de caballo… ¡Gorda!—silbó en un susurro casi inaudible.
El rostro de Margarita comenzó a arder, y sus puños se crisparon atravesados por oleadas de rabia caliente y burbujeante.
--Y yo por lo menos no parezco una golfa…--replicó en un tono de voz más alto, lo suficientemente alto para que el señor López volviera la cabeza y enfrentara su mirada de hielo contra los ojos de su hija mayor.
--¿Qué es lo que le has llamado a tu hermana?—bramó en un susurro amenazante, deteniéndose en seco.
Margarita no respondió.
--Me ha llamado “golfa”, papá—se quejó Irina con un mohín de mapache indefenso.
El señor López apretó los labios hasta formar con ellos una fina línea, su rostro de pronto transformado en una máscara de furia sorda.
--Esto lo hablaremos en casa—murmuró, y siguió andando con paso firme, sus pisadas como el restallar de un látigo sobre el suelo de baldosas, amplificado su sonido por la acústica del lugar.
Irina avanzó a saltitos rápidos detrás de él, mirándole con veneración, y Margarita se encogió de miedo. Un escalofrío de terror recorrió su cuerpo desde las puntas de los pies hasta el último pelo de su cabeza, pasando por sus corvas, nalgas y ascendiendo por su columna vertebral, derribando sus pocas o nulas defensas. “Lo hablaremos en casa”…dios mío, ella sabía lo que significaba aquello.
De pronto, los contornos parecieron difuminarse ante sus ojos y se sintió prisionera en el mismísimo infierno, las calderas ardientes clamando por escaldar su piel hasta arrancársela de los huesos. Sintió un profundo dolor que raudo como una centella se anudó en su pecho, oprimiéndolo. La angustia le atenazaba la garganta…empezó a tener dificultad para respirar. El techo de la iglesia, cóncavo y pinchudo como un gigantesco embudo invertido, amenazaba con desmoronarse sobre su cabeza…
Sin saber demasiado bien lo que hacía, huyendo como un animal enloquecido, comenzó a correr en dirección a la salida de aquel agujero, esquivando los apretados bancos y apartando a su paso manos y cuerpos que se interponían en su camino.
“Pero dónde vas, imbécil” escuchó la airada voz de su madre a lo lejos…
Margarita siguió corriendo, y no paró de correr hasta que abandonó aquel horrible escenario de pesadilla.



IV.-Un extraño puede ser un buen compañero de viaje.

Boqueando ya fuera de la iglesia, aminoró la marcha sin querer dejar de huir y volvió la cabeza para comprobar si la seguía alguien. No, por fortuna la entrada del horrendo edificio se hallaba prácticamente desierta; no en vano la misa acababa de comenzar…
Respiró hondo, aliviada por primera vez desde que salió de casa, y dejó que la brisa de la plomiza mañana refrescara el sudor de su frente, limpiando su rostro con cada ráfaga de lluvia. Fuera de la iglesia, el mundo parecía distinto, apacible, fresco…
Pero necesitaba alejarse más, apartarse de aquel lugar.
Aún le dolía el alma, y aún le duraba el odio. El odio producto de aquella horrible, desgarradora pena por no ser comprendida, ni respetada, ni querida. No comprendía por qué le tenía que ocurrir aquello, y esa ignorancia la transportaba irremediablemente al callejón sin salida de la culpa, donde en letras de neón se leía, sobre las sucias paredes, que ella era un error, un error torpe e incapaz. Esa era la explicación a todo, la respuesta final: por eso no la respetaban, ni la entendían, ni la querían. Ella era un error y lo sería siempre a los ojos de cualquiera.
Avanzó presurosa y cruzó la calle a lo loco, sin mirar. Por fortuna ningún vehículo pasaba en aquel momento…
Se dio cuenta de que gruesas lágrimas brotaban de sus ojos, sin freno, anegándolos e impidiéndole ver la calle mojada, las casas, las personas…se secó las mejillas con rabia y siguió caminando, con la espalda encorvada por el miedo incipiente que se iba abriendo camino en su interior. Dios santo, ¿qué era lo que había hecho? Había escapado de la iglesia y eso era peor que replicar a su padre en su mismísima cara…cuando saliera su familia de misa ella iba a saber lo que era bueno… ¡no podían encontrarla! No podía dejar que la encontraran…
¿Pero qué hacer? ¿Dónde esconderse?...no tenía nada, no tenía dinero ni nadie a quien acudir…ni sitio donde refugiarse…

--¿Qué te pasa?
Aquella pregunta, pronunciada despacio por una voz suave cargada de sincero interés sacó a Margarita de su ensimismamiento.
Se giró para comprobar si le hablaban a ella…
Y lo que vio, sin saber por qué, la sobrecogió.
El que había hablado era un muchacho alto, aproximadamente de su edad--quizás algo mayor-- de cabellos rubios y piel pálida que mostraba un extraño resplandor perlado bajo la lluvia. Una camiseta azul oscuro caía sobre su cintura, formando descuidados pliegues por encima de unos pantalones vaqueros descoloridos cuya tela se veía reblandecida, como si dicha prenda hubiera sido lavada y vuelta a lavar un millón de veces. Por debajo de las deshilachadas perneras asomaban las puntas de unas zapatillas desgastadas, cuyo color era difícil de determinar pues se había fundido con toneladas de polvo y barro reseco.
La cara del muchacho, enmarcada por mechones de pelo mojado que se le pegaban a las sienes, parecía querer sonreír, pero no terminaba de hacerlo del todo.
A primera vista parecía un chico normal, algo desaliñado tal vez pero… había algo…había algo extraño en él, algo procedente de otro mundo y sin embargo terriblemente cercano; una llama verdosa en sus ojos que fue lo que a Margarita le hizo detenerse y quedar atrapada en aquella mirada como en una tela de araña, como si el desconocido le acariciara el alma sin su permiso. Y sintió también, durante una fracción de segundo, que mirar los ojos de aquel chico era tan real y violento como reflejarse en un espejo.
--¿Me hablas a mí?—consiguió musitar, algo incómoda, manteniendo las pupilas fijas en aquellos ojos de halcón viajero.
Él asintió y se aproximó un poco más, con cierta timidez.
--Claro…--respondió en tono vacilante, como si súbitamente le diera algo de vergüenza admitirlo—no hay nadie más por aquí.
--¿Te conozco?—Margarita arrugó el entrecejo. No estaba acostumbrada a que un extraño la abordase de aquel modo, en plena calle.
El muchacho sonrió levemente y sacudió la cabeza. Un rayo de sol emergió de pronto del cielo, arrancando destellos violetas de los densos nubarrones y otorgando a su cabello y sus ojos una tonalidad casi traslúcida. Pareció de pronto un ángel desarrapado que resplandecía en medio de los tonos grises de la calle.
--No, creo que no—respondió en voz baja—Sólo…
Margarita le miraba sin comprender demasiado. “Si no nos conocemos, ¿por qué me has hablado entonces?”
--Sólo que…te he visto salir corriendo de la iglesia y me ha parecido que llorabas…--concluyó el chico, las palabras agolpadas en la boca con un deje de ansiedad—y me preguntaba si necesitarías ayuda…
Yo también la necesito…
Margarita retrocedió imperceptiblemente, sorprendida. ¿Un desconocido le ofrecía ayuda? ¿Cómo era aquello posible? Jesús, ¿Tan desesperada parecía que despertaba lástima a los ojos de los demás? Una nube de vergüenza enturbió su rostro.
--No…--musitó desviando la mirada hacia la acera—no necesito ayuda, gracias…
Y se giró con abatimiento para continuar andando, rumbo a ninguna parte.
--No, espera, no te vayas…--la llamó el desconocido—todos necesitamos ayuda en un momento dado. Eso no es malo. Hoy por ti y mañana por mí…
“¿Hoy por ti y mañana por mí?” la muchacha se detuvo en seco. Se giró despacio y contempló de nuevo a aquel chico rubio de gesto amable que la observaba unos pocos pasos más allá.
--Podemos tomar algo…aquí vamos a empaparnos…
“¿Tomarnos algo?” ¿Pero qué demonios quería ese chico? Margarita se preguntó si estaría loco, o si se estaría riendo de ella (esto último era con mucho lo más probable). Sin embargo, se aproximó al joven, vencida por una atracción que se empeñaba en disfrazar de simple curiosidad. Algo en su interior se agitaba y le gritaba que no debía marcharse…
--¿Tomarnos algo?—elevó la voz para hacerse oír por encima del repiquetear de la lluvia—pero si ni siquiera sé quién eres…
El desconocido suspiró aliviado—Margarita no supo por qué—y una ancha sonrisa cruzó su pálido rostro de oreja a oreja. Era una sonrisa franca, sincera, sin rastro de propósitos ocultos y exenta de ironía.
--Eso tiene remedio—dijo tendiéndole una mano—soy Jack. Jack Bradley.
Tras un breve relámpago de duda, Margarita estrechó la mano del chico. Un dulce calor anidó entre sus dedos cuando sintió el suave contacto, la leve presión de la piel contra piel. La mano de Jack era más grande que la suya, de palma ancha y benévola, en cierto sentido protectora. Margarita pensó que resultaba muy agradable darle la mano, e inmediatamente se preguntó cómo sería abrazarle…apartó de su mente esta última idea tan rápido como la percibió, horrorizada. Todo aquello era tan extraño…
Soltó lentamente la mano de Jack y contempló, muda, la expectante mirada del chico. La realidad se le antojó de pronto difusa y burlona, como el paisaje de un sueño cambiante y extraño.
--Bueno, entonces…vamos a tomar algo—insistió el muchacho señalando con una inclinación de cabeza la cafetería que había a pocos metros—aunque sólo sea por ponernos a cubierto…
--Bueno…--reaccionó Margarita sin demasiado convencimiento—pero aquí no…
--¿Por qué no?—preguntó Jack.
--Porque está demasiado cerca de la iglesia…--respondió ella—y no quiero que mis padres me vean cuando salgan…
--¿Estás huyendo de tus padres?—inquirió el chico en tono neutro, con la misma inflexión con la que le hubiera preguntado de qué color eran sus zapatos.
Margarita tragó saliva y miró temerosa hacia atrás. El sólo hecho de recordar la desbandada anterior y el rostro iracundo de su padre le había agitado el alma.
--Más o menos…
--Bueno—resolvió Jack encogiéndose de hombros—iremos a otro sitio entonces.
Y echó a andar en línea recta siguiendo el trazado de la avenida, a paso resuelto, sorteando los charcos a grandes zancadas. Margarita, sin dejar de dudar, finalmente se decidió por seguirle.
--Pero no tengo dinero…—se le ocurrió súbitamente cuando le alcanzó y se situó a su lado.
--No te preocupes por eso—sonrió Jack fugazmente, aminorando el paso—yo tengo algo…


V: Antes de hundirte, camina. Camina y corre si es necesario.

Caminaron a lo largo de la avenida principal y se desviaron a mano izquierda, atravesando una estrecha y silenciosa calle lateral. La iglesia desapareció de su vista, escapando Margarita por fin de aquellos acusadores ojos de monstruo. Prosiguieron andando durante varios minutos, en silencio, alejándose del centro del pueblo. Margarita tenía la sensación de que las callejuelas se estrechaban cada vez más, como si fueran a engullirla. En ocasiones, ambos tenían que replegarse hacia la pared exterior de los edificios para evitar el reguero de agua que caía rebosando desde los aleros de los tejados de las casas.
Tras caminar unos veinte minutos más, Jack se detuvo delante de un pequeño establecimiento donde se leía en letras amarillas sobre un cartel algo desvencijado: “Bar La Peonza”. Los destellos de las máquinas tragaperras brillaban a la luz plomiza a través de los cristales de una gran ventana, y en el interior se podían ver unas cuantas mesas de madera, todas ellas desocupadas a aquella hora como por arte de magia.
--¿Te parece bien aquí?—preguntó Jack contemplando el cristal manchado de lluvia, como tratando de analizar cada rincón del pequeño bar—aquí estamos más lejos…
--Bueno…—repuso Margarita encogiéndose de hombros, sin tenerlas todas consigo.
--¿Entramos?—preguntó el muchacho, con la mano ya asiendo el gran picaporte cuadrado de la puerta.
--No sé…
Margarita no se sentía con valor para mirarle de nuevo a los ojos. ¿Qué hacía ella allí, dios santo, con un chico tan guapo y que no conocía de nada? Parecía amable, pero en cualquier caso era sencillamente absurdo que tuviera algún interés en ayudarla…y además, en el hipotético caso de que fuera cierto, ¿Cómo la iba a ayudar?...él no sabía nada de su vida, ¡ni siquiera ella misma sabía lo que necesitaba!…
--Venga, mujer—sonrió Jack soltando el tirador de la puerta para situarse frente a la muchacha—no muerdo…
Margarita dejó escapar un suspiro sin poder evitarlo, manteniendo la mirada clavada en el suelo. Poco a poco levantó los ojos hacia los de Jack, que parecían esperar su decisión final con infinita paciencia. Leyó de nuevo amabilidad (sin motivo) y bondad en aquellos ojos…además de la sombra extraña de “cansancio y algo más” que los emborronaba, como si Jack hubiera visto demasiadas cosas en muy poco tiempo, o algo que no debía ver.
“¿No muerdes?” pensó temerosa “¿seguro?”
--Vamos chica, te estás empapando…--murmuró él, tocándole el hombro con ternura y cierta torpeza.
A continuación, asió el tirador de la puerta con decisión y la mantuvo abierta, mientras alargaba la mano que le quedaba libre para tendérsela a Margarita, quien la asió con gesto vacilante.
--Eso es, tranquila…--Jack esbozó una sonrisa y asintió, tirando suavemente de ella hacia el interior del local en penumbra.







VI.-Cualquier lugar es bueno si se está con la persona adecuada.

En el interior de la tasca olía a fritanga, a tabaco y a bollería rancia. Numerosos papeles y envoltorios, así como servilletas arrugadas hechas un buruño y restos de colillas y palillos de madera se acumulaban a los pies de la barra, en el centro del local, flanqueada por taburetes de tapicería desconchada bajo la que se adivinaban bocados de gomaespuma amarillenta.
Un par de moscas revoloteaban en torno a una bandeja de churros de aspecto gomoso, sin decidirse al parecer sobre cuál de ellos posarse. En el aire enrarecido flotaba una musiquita monótona procedente de un aparato de radio que reposaba sobre un estante, como si fuera una pequeña garrapata negra y chillona en medio de aquel ambiente solitario desprovisto de vida. De hecho, el local en sombras parecía parte de un cuadro de “naturaleza muerta”, pensó Jack.
No bien hubo matizado esta idea en su cerebro cuando, de pronto, una cortina de cuentas que había detrás de la barra se movió con un repiqueteo y asomó la cabeza un camarero enjuto y cetrino.
--Hola…--saludó Jack.
--No tengo cambio—graznó el camarero, señalando con una inclinación de cabeza la máquina de tabaco.
--No, no…--se apresuró a añadir Jack. Y se volvió hacia Margarita--¿qué quieres?—le preguntó.
--No sé…una coca-cola…
El camarero se giró con un ademán robótico y extrajo una botella de coca-cola de debajo del mostrador.
--Una coca-cola y un café con leche, por favor—terminó Jack educadamente.
--Doscientas pesetas—anunció el barman sin mirarles, mientras accionaba con un golpe seco la máquina de café.
Jack hurgó a su bolsillo y sacó unas monedas. Pagó, y ambos se dirigieron a una mesa en una esquina del local, junto a la ventana. Fuera, la brisa se había transformado en viento que agitaba con furia las copas de los árboles, arrebatándoles las pocas hojas que aún les quedaban en sus ramas como brazos abiertos.
--Estás empapada…--comentó Jack mientras sorbía despacio su café. A Margarita le pareció de pronto mucho mayor de lo que había creído de inicio.
--¿Cuántos años tienes?—le pregunto súbitamente con sincera curiosidad.
Jack sonrió, sus pupilas centellearon durante un segundo.
--¿Cuántos crees que tengo?—preguntó a su vez.
--No lo sé…
--Vamos… ¿cuántos me echas?
Margarita agachó la cabeza y fingió jugar con el cristal verdoso de la botella de coca-cola.
--No lo sé…--titubeó cohibida—veinte…diecinueve tal vez…
Su primera impresión había sido otra; lo primero que pensó fue que Jack tenía aproximadamente su edad, pero… ahora que se fijaba más y le miraba más de cerca…
Jack rió con ganas.
--No tienes muy buen ojo, lo siento…--respondió apartándose de la frente un mechón de pelo rebelde—tengo dieciséis.
Margarita le miró a los ojos, algo sorprendida.
--¿En serio?
--Te lo juro—contestó él—si no te lo crees, puedo enseñarte el DNI…
--No, no…--rechazó ella—no hace falta…
Jack sonrió y metió la mano en el bolsillo de sus vaqueros, que parecía ser el pozo de las maravillas de lo interminable que era. Rebuscó durante unos segundos y finalmente extrajo la delgada tarjeta plastificada y se la pasó a Margarita, desoyendo la negativa de ésta.
--Mira, compruébalo…--la alentó sin dejar de sonreír.
Con la tarjeta anaranjada en la mano, Margarita verificó la fecha de nacimiento de Jack Bradley…era cierto, sólo tenía dieciséis. Observó la foto durante unos instantes y por primera vez desde su encuentro con Jack, sonrió un poco.
--Oye Jack, ¿de dónde eres?—se aventuró a preguntar. Al parecer, a su compañero de huída no le molestaba que le hicieran preguntas…--quiero decir, por tu nombre y tu primer apellido…no eres de aquí, ¿verdad?
El muchacho asintió y volvió a guardarse el DNI en el bolsillo, sin dejar de mirar a Margarita.
--Nací en Londres—respondió—mi padre era inglés. Mi madre era española, pero se marchó a vivir a Inglaterra por cuestiones de trabajo y allí conoció a mi padre.
A Margarita no le pasó desapercibido que Jack hubiera utilizado el verbo “era” en lugar de “es”…pero por alguna razón, prefirió no ahondar en el tema y no hizo preguntas al respecto.
-- …Yo llevo más o menos un año viviendo en España—continuó él—con mi tío…
--¿Vives cerca de aquí?—inquirió Margarita como un relámpago. En realidad, el pueblo donde se encontraban era pequeño; no tan pequeño como para que todo el mundo se conociera, bien era cierto, pero ella no recordaba haber visto a Jack nunca por allí… de haberlo visto, lo recordaría. Se hubiera fijado.
Jack sonrió de nuevo y miró a Margarita con una chispa juguetona en los ojos.
--Eso son muchas preguntas…--respondió—y yo aún no te he preguntado nada a ti…
Margarita bajó los ojos por enésima vez. Jack alargó la mano y rozó durante un instante los dedos de la joven, que parecían estar siempre tensos, engarfiados por el nerviosismo.
--Era una broma…--su sonrisa se hizo más amplia, más amable—sí, vivo cerca. Más o menos. A unas cuantas calles de donde estamos ahora, en realidad… ¿tú vives cerca también?
--Sí, sí…--respondió la muchacha rápidamente—vivo a diez minutos andando de la iglesia…aunque mi padre siempre prefiere ir en coche…
Al decir aquello, Margarita esbozó un conato de sonrisa amarga y pareció de pronto muy triste.
Jack removió despacio lo que le quedaba de café, pensando cómo hacerle a aquella chica la pregunta que tanto le inquietaba.
--¿Por qué llorabas…?—dijo al fin, y sin embargo, nada más abrir la boca se dio cuenta de algo quizá más importante que había pasado por alto—por cierto, todavía no me has dicho tu nombre…
La chica se tapó la boca para disimular una sonrisa de conejo.
--Es verdad…--admitió--me llamo Margarita.
--Vaya…--asintió Jack—bonito nombre…
Ella sacudió la cabeza con energía.
--Lo odio.
--¿Por qué?—se extrañó el chico.
Margarita suspiró y bebió un trago de su coca-cola.
--Me llaman “señorita A-Marga-da”—dijo con hastío—“Marga-rina”…cosas así.
Jack rió y meneó la cabeza.
--¿En serio?...pero, ¿quién te llama esas cosas?
--Mis hermanas—repuso ella encogiéndose de hombros—sobre todo mis hermanas. Y me llaman cosas peores…
--Vaya…--murmuró Jack--¿Como cuáles?
--Culo bomba, cara caballo, gorda…--enumeró Margarita recordando los insultos de aquella mañana. Nunca pensó que le confesaría aquello a nadie, ni mucho menos con tanta facilidad—Fea, mesa camilla, imbécil, idiota, “ferretería”…
--¿Culo bomba?—preguntó Jack abriendo mucho los ojos--¿Ferretería?... ¿y eso por qué?
--Culo bomba es porque tengo el culo gordo—explicó ella con una sonrisa triste de resignación—y…lo de ferretería es por el aparato…el de los dientes.
Al decir esto se señaló la boca cerrada, sin atreverse a mostrarle a Jack su corrector dental.
Él la observó durante unos instantes, como procesando aquella nueva información.
--Vaya…--reiteró—pues…yo no creo que tengas el culo gordo…y “Margarita” me parece un nombre muy bonito…
--Es horrible.
--No…no digas eso. A mí me gusta.
--Ya, claro…seguro.
--Sí—Jack asintió vehemente—me gusta, en serio.
Ambos callaron durante unos instantes, Margarita mirando a algún punto perdido detrás de la ventana, Jack concentrado en los posos de su café.
--Y tú… ¿qué les dices?—preguntó él tras el breve lapso de silencio, buscando los ojos de su compañera y tratando de encontrar alguna semejanza entre su rostro y el de un caballo, sin conseguirlo—quiero decir, cuando ellas te insultan…
Margarita torció el gesto como para tratar de esconder una emoción muy fuerte.
--Nada…
--¿Nada?
--No…--murmuró ella--no les digo nada. Hay problemas…con mis padres.
Jack asintió levemente.
--Creo que te entiendo.
La muchacha sonrió un poco sin despegar los labios y negó con la cabeza.
--No…--susurró, de nuevo con la mirada fija en la botella de coca-cola—no creo que me entiendas…
Y según se escuchó a sí misma decir aquello, arreció dentro de sí una súbita tormenta y sintió unos deseos irrefrenables de llorar. Maldijo hacia dentro sin decir una palabra y apretó los labios con rabia, sin saber adónde dirigir sus ojos de pronto ardientes y sobrecargados.
Jack se movió un poco en su asiento, algo incómodo. Margarita lo notó y pensó que, para variar, el pobre chico no sabría donde meterse ante aquel inicio de llanto repentino, la súbita rojez de sus mejillas y el brillo de sus ojos que tanto delataba lo que sentía…pero nada más lejos de la realidad. Lo que a Jack le incomodaba era otra cosa.
Por un lado se veía venir que las emociones de la chica iban a aflorar de un momento a otro, aunque a decir verdad no esperaba que se le saltasen las lágrimas en ese preciso momento… y le trastornaba no saber qué decirle a Margarita, cómo actuar, qué hacer para que se sintiera al menos un poco mejor. Estaba desorientado. Se daba cuenta de que esos insultos, por ejemplo—que para él eran una auténtica chorrada—formaban parte de una larga historia que él desconocía, y por más que se esforzaba no podía ver más allá.
Por otro lado…comprobó horrorizado que la chica despertaba en él una ternura tal que el deseo de ayudarla se había ido transformando, sin él darse cuenta, en otra cosa. Se preguntó cómo era posible que la fragilidad de Margarita, tan a flor de piel, desatara de un modo tan primario su excitación… sí, Jack se revolvía inquieto contra el cosquilleo que sentía de pronto en cada poro de su piel, tratando en vano de disuadir a su cuerpo de aquellas sensaciones. Pero no podía hacer nada. Se preguntó con espanto si sería un sádico cuando percibió la dureza que se insinuaba debajo de sus pantalones, y desvió a su vez los ojos, muerto de vergüenza. “Dios, espero que no se me note”, fue lo único que se sintió capaz de pensar, con verdadero terror.
Luchó a brazo partido durante unos segundos contra aquella pulsión que encabritaba su sangre e inflamaba su sexo sin saber por qué…e hizo acopio de valor para mirar de nuevo a Margarita, quien lloraba ya abiertamente, aunque sin sollozar, incapaz de reprimir las gruesas lágrimas que rebosaban de sus ojos.
Menudo espectáculo—se recriminó a sí mismo—ella llorando y yo…
Margarita, por su parte, no podía contenerse; del mismo modo que a Jack le costaba un triunfo mantenerse tranquilo. Ella había detectado por el rabillo del ojo la mirada esquiva del muchacho y la había interpretado como desprecio…y eso había sido la gotita que faltaba para desmoronar su precario dique; si aquel chico desconocido había acariciado por un momento la sola posibilidad de que ella mereciera la pena, por la razón que fuera, ahora desde luego se había ido todo al garete gracias a su asquerosa debilidad…
Jack se mordió los labios con preocupación.
--Margie…--murmuró mientras retorcía los pies por debajo de la mesa, tratando de ocultar su nerviosismo—oye…igual no te fías de mí…pero puedes contarme lo que quieras…
--Lo…lo siento…--dijo ella sin mirarle, con un hilo de voz, absorta en contenerse.
--¿Por qué?—musitó Jack—no, no lo sientas…está bien…
Margarita se encogió sobre sí misma, como si quisiera que el vestido amarillo de la discordia se la tragase.
--Me siento ridícula…
Con un gesto impulsivo, Jack alargó el brazo y estrechó la mano de Margarita entre las suyas.
--No te preocupes, no pasa nada—murmuró—tranquila. Tranquila…


VII.-Llorar libera el alma.

La voz de Jack fue como un bálsamo para Margarita, que se dejó llevar por primera vez en mucho tiempo y lloró, al principio con timidez, contrayendo su rostro—contenerse dolía, cómo dolía--y después abiertamente, soltando las manos de Jack para cubrirse la cara.
El muchacho no se movió de su sitio; se mantuvo frente a ella, quieto, observándola. Margarita pensó por un momento que se iría…que saldría corriendo, o que se echaría a reír. Pero nada de esto ocurrió. Para Jack, el sufrimiento ajeno no tenía gracia…y desde luego no sentía el más mínimo deseo de irse. De hecho, inexplicablemente, conservaba aún una erección considerable que palpitaba caliente bajo los pantalones, dura como una piedra, haciéndole daño contra la tela vaquera. Nunca se había sentido tan conmovido y excitado a la vez, y aquel cóctel imposible de emociones le estaba matando. Sintió que las orejas le ardían de la vergüenza. Dios santo, ¿cómo era posible empalmarse en una situación así?
--Lo siento—volvió a sollozar Margarita, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Levantó los acuosos ojos hacia Jack y trató de sonreír.
--No sé qué me pasa…--añadió con voz temblorosa—yo no suelo…
--¿No sueles llorar?—inquirió Jack con una sonrisa, tratando de hacerle llegar aunque sólo fuera un poco de ternura.
Margarita sorbió con fuerza por la nariz.
--No…es decir, sí…--balbuceó ella—pero no con desconocidos…no con gente…
Jack se inclinó un poco hacia ella, incrustando en la entrepierna de los vaqueros su recalcitrante erección.
--Bueno, no pasa nada…--se movió a duras penas para acariciar con dedos trémulos las mejillas de Margarita, sin poder evitarlo—a veces es bueno llorar con alguien…llorar siempre cuando uno está solo es muy duro, ¿no?
La muchacha no daba crédito a lo que estaba oyendo. Le parecía imposible de creer que un desconocido casi total estuviera volcando en ella todo su cariño y su apoyo, aparentemente sin motivo…
--Sí…--consiguió decir—pero es que yo… lloro demasiado…
Jack sonrió y le pasó una servilleta acartonada del servilletero más próximo. Margarita se secó los ojos con ella y se sonó los mocos ruidosamente. Por fortuna, pensó, allí no había nadie más que pudiera verles ni oírles…salvo el reseco camarero que estaría metido en algún lugar detrás de la cortinilla de cuentas, dedicándose a sus cosas. La extraña intimidad que flotaba entre Jack y ella era un alivio…
--No hay nada malo en llorar—replicó Jack—aunque sí me gustaría saber qué es lo que te pone tan triste…--confesó.
Margarita se encogió de hombros. Realmente, Jack parecía querer saberlo, querer saberlo de verdad, no “necesitar una explicación”, una justificación para el llanto. Se dio cuenta de que muy pocas veces le habían preguntado el motivo de su tristeza, ninguna en realidad…tal vez porque la respuesta no le interesaba a nadie, tal vez porque ella se escondía demasiado bien. Tal vez porque en los tiempos que corrían no se estilaba preguntar esas cosas.
--No puede ser que tanta tristeza venga porque un par de piradas te llaman “culo bomba” y cara caballo…--continuó Jack, reflexivo—no puede ser sólo por eso, tiene que haber algo más…
La muchacha asintió sin hablar y reprimió un sollozo en la garganta.
--No las dejes hacerte daño—musitó Jack—a tus hermanas…esas cosas que te dicen son para morirse de risa, de verdad…Hay otro motivo, ¿no es cierto?
Margarita rehuyó de nuevo su mirada. La chica pareció de pronto un animalito acorralado.
--Hay más motivos…--ratificó Jack—ya lo creo que sí…
Volvió a extender la mano para tocar a la muchacha, y estrechó levemente su brazo derecho entre sus dedos.
--Tal vez te ayudaría contármelos…--musitó, buscando de nuevo los ojos de la joven. Él mismo desconocía la razón que le impulsaba a asomarse a aquel pozo negro, a tratar de encontrar respuestas en la oscuridad… Pero el hecho era que no podía dejar de hacerlo.
--Gracias, Jack—dijo Margarita, con la voz más firme—me encantaría hacerlo pero…
--Bueno, no te preocupes, tranquila…
--Pero no puedo…—sollozó ella angustiada, de pronto, ahogándosele la voz—no puedo Jack, es demasiado, es demasiado…es demasiado…
El muchacho la observó con detenimiento. Tan cerca se sentía de ella que él mismo estaba a un paso de echarse a llorar.
--¿Te…te molesta si te pregunto algunas cosas?—murmuró, no tanto movido por la curiosidad sino por el sincero deseo de ayudarla—Sólo tendrás que decir “sí” o “no”, ¿de acuerdo?
Margarita frunció el ceño temiendo que tal vez hubiera gato encerrado en aquella propuesta. Pero Jack no parecía querer molestarla…ahí sentado frente a ella, con el gesto del que escucha, los ojos verdes ligeramente entornados queriendo penetrar en los suyos…Jack parecía un amigo, pensó Margarita. Y se agarró a aquella idea…Después de todo, ella quizá no era tan horrible ni tan mala persona…después de todo quizá sólo estaba un poco “destruida”, y un poco cansada. Después de todo quizá se merecía tener algún amigo. De manera que asintió con la cabeza, indicándole a Jack que estaba de acuerdo con aquella proposición.
--Bien…--murmuró él—Si te hago daño, házmelo saber. Me has dicho que si respondes a tus hermanas tendrías problemas con tus padres…eso es cierto, ¿verdad?
La muchacha asintió sin mirarle.
--Vale…--corroboró Jack, pensando la mejor manera de formular la siguiente pregunta sin agredir a su compañera—con “problemas”…te refieres a que…bueno, ¿tus padres te harían daño?
Espero unos instantes la respuesta de la joven, que finalmente asintió en mitad de un silencio tenso.
Jack tomó aire.
--¿Puedo seguir?—preguntó
Margarita afirmó de nuevo con la cabeza de manera casi imperceptible.
--Bien…--el muchacho respiró hondo—con “daño”… ¿te refieres a que te digan algo? Ya sabes…insultos, malas palabras…
--Sí…--murmuró Margarita quedamente.
--Y… ¿a más cosas?
La muchacha palideció y se tapó la cara con ambas manos. A Jack ese gesto revelador le puso los pelos de punta.
--Mar…ellos…
--Déjalo, por favor—gimió la chica, sin apartar las dos manos de su rostro—no puedo hablar, no quiero…por favor…
A Jack se le abrieron las carnes. Una profunda desazón le caló hasta los huesos, y todo lo que tenía algo que ver con él—el entorno que le rodeaba, la cadenciosa música del transistor, incluso su miembro que cada vez estaba más tenso, inexplicablemente, como si tuviera vida propia—le dio absolutamente igual. Se levantó como impulsado por un resorte, colocó su silla junto a la de Margarita y rodeó a su amiga torpemente con los brazos, quedando la cabeza de ella sepultada en su pecho.
--Tranquila…--murmuró mientras ella sollozaba manchándole la camiseta de lágrimas—tranquila…




VIII.-Haz lo que quieras…y piensa bien qué es lo que quieres.

--Jack, oh Jack…—lloró Margarita contra el pecho de su nuevo amigo, que olía a ropa vieja y limpia—no quiero volver a casa…
Decir aquello le supuso un alivio violento, como el que se siente al vomitar.
Él la abrazó más fuerte, y apoyó la cansada cabeza en el hueco de su hombro.
--Tranquila…
Comenzó a mecer a Margarita dulcemente, acunándola entre sus brazos como si fuera una niña pequeña, adelante y atrás. Lejos de sentir vergüenza, la muchacha se sintió muy a gusto, a gusto como pocas veces en su vida…y se dejó llevar por las palabras de Jack, que eran palabras de calma, abrazada a su cuerpo como a una tabla de salvación.
--¿Por qué haces esto?—preguntó cuando sintió que pocas lágrimas le quedaban ya--¿por qué me consuelas?
--No lo sé—murmuró Jack. Tenía los ojos cerrados.
“Dios no existe, sólo nos tenemos el uno al otro” pensó inmediatamente, pero no lo dijo por miedo a pronunciar un disparate a los ojos de su amiga.
--¿No lo sabes?—preguntó Margarita, separándose unos centímetros del pecho de Jack. Y sin previo aviso se echó a reír, todavía con lágrimas en los ojos.
Jack la apretó contra sí y segundos después reía con ella, el cuerpo entero estremecido por una descarga de adrenalina terriblemente necesaria.
La risa normalmente es el antídoto del miedo, pero en aquel momento fue más que eso: fue una salvación.
--No lo sabes…
--No…--Jack sacudió la cabeza sin dejar de reír--sólo quiero hacerlo.
Margarita se recostó de nuevo contra el pecho de Jack, quien ya tenía la camiseta empapada, y se refugió en el rítmico latido de su corazón. En aquel momento, parecía que ese latido era lo único que era cierto en el mundo; parecía que ese latido era lo que movía la tierra…
--No quiero volver a casa, Jack—insistió Margarita—por favor, ayúdame.
Su amigo tiró de ella con suavidad hasta situarla frente a él. Los ojos de ambos se encontraron y se comunicaron de un modo veloz, mucho más certero que si hubieran utilizado palabras.
--¿No quieres volver?—preguntó despacio--¿estás segura?
Margarita clavó la mirada en los ojos verdes del muchacho, sin un asomo de duda.
--Estoy segura, Jack—y añadió, con determinación—Por favor, ayúdame.
--Vale…
Jack extendió una mano para secarle a su amiga las huellas de lágrimas que aún manchaban su rostro como cauces de ríos resecos.
--Haré lo que pueda…--murmuró—te lo prometo.
--Gracias...—respondió ella, con el leve aleteo de temor del que ve un precipicio frente a sí, y sabe que ha llegado la hora de saltarlo—Gracias, Jack…



IX.-A veces sólo queda esperar…y confiar.
Salieron del local con las manos entrelazadas, sin hablar. Había dejado de llover, y el cielo azul parecía ganarle poco a poco la batalla a las nubes, que se amasaban unas contra otras reacias a marcharse del todo.
--Vamos—murmuró Jack, rodeando con un brazo los hombros de Margarita que parecía de pronto muy cansada—voy a llevarte a un sitio seguro…y allí pensaremos qué hacer.
La muchacha levantó los ojos, enrojecidos e irritados de llorar.
--¿Dónde me llevas?—musitó.
--A mi casa—respondió resuelto Jack—confía en mí. Creo que ahora es el mejor sitio a donde podemos ir.
--Pero…
La decisión que su amigo imprimía a las palabras la tranquilizaba a la par que la asustaba.
Jack se detuvo y se giró un momento para mirar de frente a su compañera. Una vez más despertó y ronroneó en el fondo de su alma la infinita ternura que ya le era familiar cada vez que se acercaba a ella, cada vez que la miraba a los ojos.
--No te preocupes—murmuró, manteniendo fija la mirada en las pupilas de ella—haremos las cosas despacio. Iremos a mi casa y pensaremos qué hacer. Además tienes que secarte, comer algo y descansar…Sé que es fuerte la tentación de rendirse…pero, por favor, dame una hora. Dame tan sólo una hora para cuidarte. Déjate hacer.
Extrañas palabras…
Extrañas palabras las de aquel misterioso amigo, prácticamente incomprensibles pero sin embargo dotadas de una fuerza casi sobrenatural.
“Dame una hora. Dame tan sólo una hora para cuidarte. Déjate hacer…”
Margarita no tuvo fuerzas para negarse; en efecto estaba cansada, cansada de llorar… aunque al mismo tiempo se sentía aliviada, como si se hubiera despojado de algunas de las piedras que llevaba en la mochila. Pero el camino hacia la libertad era oscuro, parecido a una enorme cuesta arriba sin fin… y se le antojaba un trance difícil de pasar si no era de la mano de Jack.
De manera que tomó aire y saltó al vacío. Desde ese momento supo que, para bien o para mal, se había dejado caer en las manos de aquel adorable extraño…
…una hora…
…tan sólo una hora, se prometió.

X.-No hay mal que por bien no venga

La casa de Jack era blanca. Fue lo primero que le cruzó la mente a Margarita cuando, prácticamente remolcada por los brazos de su amigo, traspasó el umbral. Era blanca, luminosa, blanca por dentro. Como el alma de una buena persona.
Era blanca pero al mismo tiempo olía raro…
En el interior de la vivienda flotaba un aroma acre, enrarecido, como a bizcocho rancio y a sudor…o al menos eso fue lo que llegó a las fosas nasales de margarita nada más poner los pies en el estrecho pasillo que daba a las habitaciones.


continuará...